lunes, 25 de junio de 2012

Presentación


Somos profesores de Lengua y Literatura del Instituto de Educación Superior en Lenguas Vivas "Juan Ramón Fernández" y a través de estas palabras quisiéramos brindarles una afectuosa bienvenida.
Este año, desde el área de Comunicación de la escuela, nos hemos propuesto continuar con la realización de diversos talleres: “Taller de Lengua, Gramática, Expresión y Creatividad”, “Taller de Teatro” y “Consultoría de Latín”; y, a su vez, hemos asumido el desafío de construir un espacio virtual de comunicación capaz de motivar la participación, libre y simultánea, de todos nuestros alumnos.
Con el fin de mostrar el trabajo realizado en los distintos talleres y en las cursadas, diseñamos el presente espacio virtual con tres motivaciones inter-dependientes entre sí: es un blog dialógico, dinámico y experimental. En este sentido, intentaremos promover el diálogo abierto e igualitario entre todos los participantes, posibilitar la construcción del conocimiento colaborativo y, al mismo tiempo, construir un espacio "transformador". 
Cabe destacar que los escritos de nuestros alumnos serán publicados en el sitio respetando su forma, estilo y ortografía original. Esto se debe, por un lado, a que quisiéramos conservar la fidelidad de los textos y, por otro, profundizar con todos los alumnos las correcciones, comentarios y/o sugerencias, a través del blog o en el contexto del aula/taller. Es decir, consideramos que las devoluciones deben ser trabajadas por todos los alumnos ya que en ese ejercicio colectivo se centra y fortalece el aprendizaje.
Por todas estas razones, esperamos conformar el canal a través del cual nuestros alumnos se identifiquen, de manera pasional, con la literatura y la construcción de nuevos “mundos” que, lejos de condicionarlos, los invite a pensar nuevas y diversas posibilidades de interpretar la “realidad”: la experiencia aquí, tiene un rol fundamental...






Lucía Agulló, Aldana Cal, M. Gabriela Iraolagoitía, Romina Luppino, M. Celia Marchetti, Romina Ntaka, Germán Parmetler, Graciela Politano, Mercedes Schaefer.


En las aulas...también escriben


Cuento realizado a partir de lecturas, actividades de clase y el Taller de Lengua, Gramática, Expresión y Creatividad (2012).
Autora: Zoe Fahrer.
Curso: 3°2°



ESTELLA MARIS Y KEVIN.


Con chancletas, vestido de entrecasa y maíz en mano, se aproxima al fondo del patio trasero, en el que las gallinas cluecas cacarean. Arrastra los pies mientras piensa en su nene quien debería estar alimentando a las gallinas en su lugar; pero, claro, había salido en el horario de la siesta con ésos a los que llamaba amigos ¿Que no se daba cuenta de lo preocupada que esa gente tenía a su madre? Ella sabía, ya que había vivido más años que él, cómo se comportaba la gente ''del otro lado de la vía''. Eran soberbios y sólo estaban usando a su pobre Kevin como objeto de burla, para resaltar su superioridad. Claro, si se alimentaban de eso. Y estos pollos no se corrían. Al abrir la puerta pateó a un par, al tiempo que, por lo bajo, seguía refunfuñando en contra de su hijo. De repente, calló.
            —Ésa, sí, la misma, está embarazada de un bastardo, estoy segura. —Una voz se escuchaba a través de la medianera. — ¿Por qué creés si no que habría de haber escapado a la ciudad? Se enganchó a ese gaucho bruto, sí, el negro ese y quedó embarazada nomás, una vergüenza, una egoísta ¿Qué va a pensar la gente? Pobre la madre, Doña Tota, una deshonra. —Más voces se le unieron en un murmullo general. Estella Maris acercó la oreja al fondo del gallinero, no sin antes cerrar la puerta, no fuera cosa de que se diesen cuenta de que no había salido de allí.
            —Pero si te digo, Inés, que era todo mentira. Ésa aprovechó, Dios me libre, la enfermedad de su madre. Yo siempre supe que estaba pretendiendo, claro, pero nadie me creía, para heredarla, pobre mujer, que el señor la tenga en la gloria ¿Si no ves que ésa es gente de dinero? Mirá quién no iba a querer heredar a la pobre, que lo único que tenía, aparte de su fortuna, era su lorito y un marido alcohólico. La muy desgraciada de la hija la mató, no cabe duda, y usó la plata para comprarse un departamentucho allá en Capital, y de seguro se enganchó algún ricachón soberbio que la convenció de que acá no se vive bien, como si entendiese algo. Acá somos todos buena gente.
            Estella Maris agradeció que su hijo hubiese salido con sus amigos a pasar la tarde. Casi casi que se le escapa una exclamación dirigida a la hija de La Tota: ella sabía que había algo raro en esa muchacha, nunca le había encontrado la vuelta, siempre demasiado sonriente. Cesó el hablar consigo misma, pues se estaba perdiendo parte del relato. Casi alarmada atendió más que nunca, la cosa se ponía jugosa.
            — ¿Vos decís que fue así? A mí me llegó otra cosa. La muy ambiciosa empezó a verse con el que le compró el mercadito al Tucu y se aprovechó de él para agrandar el negocio y hacerse unos pesos. Si el flaco ese vivía de este lado de la vía…, el muy chanta se mudó para allá y se compró una camioneta, de esas bien grandes, andá a saber para qué la usa, toda negra, hasta los vidrios. Para mí que esconde algo.
            Stella Maris estaba tan fuertemente apoyada sobre la pared, que la presión de su oreja y de sus manos contra ella podría haberla derribado. Chistó a una gallina que cacareaba histérica. ¿Que no se daba cuenta de que no la dejaba oír? Pajarraco horrible, solo servía para poner huevos…
            —Mejor vayamos entrando, Ina, sé buena, agarrame la fuente que estoy muerta yo. Rápido, no vaya a ser cosa que los vecinos se empiecen a despertar y alguien escuche algo. Eso sí, lo que se habló acá, queda entre nosotras. Chicas, si Segundo se entera de que estuve contando estas cosas me despacha al galpón, prométanme que nadie cuenta nada.
            —No te preocupes Rosita, aparte sabés que acá al lado vive la viuda esa, la Estella Maris, así que mejor vayamos apurando, que se dice que es una chismosa.
            Al otro lado del gallinero, se oyó un quejido. Las mujeres levantaron rápidamente la mesa del té, tirando las miguitas de los pastelitos al suelo para que las comieran los pajaritos.
            Cuando se aseguró de que ya no se perdería más detalles, Estella Maris entró indignada a su hogar, pateando a su paso al gato, de cuyo cuello colgaba un cascabel que tintineó suavemente.

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—Ay Claribet, no sabés la que te tengo, te me caés acá muertita. ¿Ubicás a la hija de Doña Tota, ésa que siempre andaba sonriendo por ahí? Bueno, resulta que, viste que no era muy agraciada la pobre, es hija bastarda de un Don Nadie con el que se encamó Tota un verano en Mar del Plata. Claro, nunca la quiso mucho a la criatura, tiene razón también, es una deshonra para la familia. La cuestión es que era bastante mutuo el desprecio, y viste que Doña Tota andaba medio mala de salud… ¿A que no te imaginás lo que hizo la desgraciada de la hija? Aprovechó y la mató, sin piedad, solo por goce, ni que Tota hubiese sido gente de dinero, ¿nocierto?
            No solo eso, sino que, como si fuera poco, se enganchó con uno de allá, un empresario de Capital que le compró un dúplex y una camionetota de esas que se usan para ir a la playa. Ahora se mudan para allá juntos, ¿vio? Una sinvergüenza resultó ser, como si la pasase mal acá, todos siempre la ayudamos con lo que necesitaba, y ella, ni lo agradece. A mí ni me vino a despedir, y se va hoy a la tardecita ¿Vos decís que se pasará? Tal vez un ratito al mediodía, seguro espera que la invite a comer, siempre espera que le andemos dando y dando, ella por no gastar nomás, ¿No te parece?
            —Ay, Maris, no te puedo creer lo que me decís, ya me parecía que había algo raro ahí, es una cosa de no creer...


Cuento realizado a partir de una consigna dada como trabajo práctico durante el tercer trimestre de 2012.
Autor: Brian Yang
Curso: 5°1°
Profesora a cargo de la actividad: Gabriela Iraolagoitia.



De Amores y Otros Espejismos

“Me hice hombre de esa manera
bajo el más duro rigor;
sufriendo tanto dolor
muchas cosas aprendí;
y, por fin vítima fui
del más desdichado amor.”

José Hernández, Vuelta del Martín Fierro.



Su nombre era Lucía, pero ya nadie le decía así. Ahora la conocían por Micaela, la de los ojos verdes y las tetas descomunales. Si la gente le preguntaba, ella tenía que decir que tenía dieciocho, porque si Mariano descubría que había revelado su edad, venía y la golpeaba hasta dejarla inconsciente. Micaela tenía un cuartito diminuto donde trabajaba, pero raras veces podía descansar en él. A cada rato venía un cliente y tenía que atenderlo, y cuando acababa con uno, inmediatamente llegaba otro. No le quedaba opción. Mariano se lo había dejado clarísimo: si no juntaba al menos doscientos pesos por día terminaría en la calle, y ella sabía que la calle era mucho peor. Ella no conocía a nadie de la ciudad, ya que se había mudado hacía poco para completar sus estudios. Pero tampoco tenía suficiente plata para mantenerse, así que la única solución posible se la estaba dando Mariano. Era muy desgastante tener que trabajar durante toda la noche, y su empleador le decía siempre sonriente que había juntado más del mínimo que le imponía y que ese extra se lo estaba guardando a ella para que, cuando tuviese lo suficiente, pudiese vivir por su cuenta. Pero de eso hacía un año. Ya no tenía que esperar atenta, ahora tenía un grupo reducido de clientes habituales con un horario fijo. Era lunes. Primero vendría el ruso gordo que según él, estaba casado, pero su mujer no le conseguía satisfacerlo. Luego vendría el rubiecito petiso que tenía un fetiche con las cuerdas. Y por último, vendría Diego. Ah, Diego. Él era diferente. La trataba bien y no la obligaba a hacer cosas que no quisiese, siempre era cortés y preguntaba primero si quería hacerlo de esta o aquella forma. Micaela esperaba ansiosamente la llegada de Diego, a tal punto que, el lunes anterior, el ruso se había quejado de que había quedado insatisfecho. Pero a ella no le importaba. Sólo tenía ojos para él.
Su enamorado llegó a la hora prevista. Luego de que acabaron, ambos desnudos en la cama, justo cuando se estaba por quedar dormida, Micaela le susurró al oído: “Te amo, Diego. Te amo con todo mi corazón”. No llegó a entender la respuesta completa, pero llegó a entender algo parecido a “… pero si sos una puta”. Cuando despertó, su amor ya se había ido y sobre la mesita de luz la esperaba un fajo de billetes que incluía una muy generosa propina.
Diego nunca más la volvió a visitar. La única vez que lo volvió a ver fue en la calle, pero ambos miraron para otro lado y pasaron uno junto al otro sin decir nada.

—Dale, Dani, decime al menos cómo fue.
Aunque fingía dudar entre contarlo o no, yo sabía que lo iba a contar. Antes de empezar se acomodó en el sillón y carraspeó:
—Y… mirá, no fue gran cosa… Vivi se fue para su casa a eso de las cuatro. El Tano, que la tiene fichada hace banda, le ofreció llevarla en el auto por el calor que hacía, y ella dijo que sí. Entonces quedamos la Naty y yo solos. Éste era mi momento, el que venía imaginando y reimaginando desde que la vi entrar con su minifalda y su blusita rosa que le queda tan apretada…, pero el que se queda sin respiración es uno. Obvio que teníamos que estar laburando así que apuré mis papeles y salí al bar de la esquinita, ése que tiene pegado en la pared detrás del mostrador banderines de fútbol. Y como de pasada, así, medio inocentón, le pregunté: “¿Querés que te traiga algo?”. Me tiró un vago “No, gracias”, así que me fui a merendar y volví a la media hora, más o menos. Antes, compré en la florería de la esquina un ramito de esas flores violetas que a todas las minas les encantan. Y justo cuando me acerco al cubículo de la Naty, aparece el Tano, que se había olvidado las llaves de la casa y se había quedado charlando con Naty, pero justo ella se había ido al baño. El Tano, macanudo como siempre, me sonrió y se fue, no sin antes guiñarme un ojo y articular con los labios un “winner”. Cuando ella vuelve, le ofrezco ayuda con sus papeles porque, si no, no se iba a ir hasta que envejeciera y dejara de ser tan linda, así se lo dije. Ella se sonrojó pero hizo como si nada y siguió trabajando. Y por como media hora seguí tirándole piropos cada vez más zarpados hasta que en una, no sé qué dije pero se levantó de golpe, como ofendida, y se acercó con pasos furiosos. Entonces hizo lo último que iba a esperar que hiciera: me besó.
—¡Noo! Es joda lo que estás contando —interrumpí con sorpresa.
—No, para nada. Viste que las minas son así medio jodidas. Cuando uno las trata bien, nos reprochan que no les dan suficiente tiempo, que preferimos salir a jugar al fútbol con los pibes o hacer un asado, o incluso que les estamos siempre encima. Y cuando no les damos pelota, se re hacen la cabeza pensando que es una estrategia para que sí nos den bola.
—Cierto, cierto —dije con un tono pensativo—. Ya te conté lo que me pasó con Vero, ¿no?
—Sí, la verdad que sí. Pero Vero era diferente. Bueno ¿querés que te siga contando o qué?
—Sí, perdón.
—Bue, en realidad, no queda mucho. Lo ideal sería que hubiésemos terminado en un telo… Pero la tenía que cagar el Tano, que accidentalmente, por quedarse hablando con Naty, se había vuelto a dejar las llaves. Y ahí murió todo.
—Forro tenía que ser el Tano, ¿eh?
—Y sí. Ahora me quedó la calentura.
—Vamos para lo de Pistro Blou[1], que ahí te sacás las ganas.

Minuciosamente, Pablo Cruz, más conocido como Palomigni en el mundo del arte, retocaba su obra maestra. Finalmente, había conseguido su mayor ambición: una estatua de figura femenina que estuviese tan bien tallada que parecía que en cualquier momento echaría a andar. Después de refinar los detalles de los dedos, se alejó unos pasos para admirar su trabajo. Sí, pareciera que en cualquier momento la cabeza, torcida ligeramente hacia la derecha, volvería hacia él y lo deslumbraría con su sonrisa. Desde hacía años que soñaba con ella. Sabía que existía; solamente, no la había encontrado. Pero el mayor trabajo no fue tallarla, sino encontrar el enorme bloque de mármol donde estaba oculta. Porque Palomigni sabía que un escultor no crea algo a partir de un pedazo de piedra, no. El escultor en realidad libera esa figura que se encuentra camuflada adentro. Pero el trabajo es lento, para no dañar la imagen perfecta que se encuentra escondida.
Ahora que la veía frente de sí, creía estar en un sueño. Era tan hermosa, tan perfecta. Estaba desnuda, aunque con una mano cubría su entrepierna y sus senos estaban tapados por el cabello. Absorto en sus meditaciones, no se dio cuenta de que la gente que pasaba, se detenía a admirar su obra maestra. Uno se le acercó para preguntarle si estaba a la venta. Palomigni contestó que no, que eso no iba a ser posible. Ella tenía que ser suya. A medida que fueron pasando los días, las ofertas de compra que le hacían se hacían más numerosas y el amor que sentía por ella iba cotizándose en alza. Harto, se encerró con su estatua en un pequeño departamento, lejos de quienes pudiesen estar interesados en comprarla. Se esparció el rumor de vieja en vieja en las peluquerías, en las puertas de los edificios, en las charlas de supermercado, que el nuevo inquilino era huraño, que salía únicamente para hacer compras, y que se lo veía entrar con vestidos nuevos aunque no viviese con ninguna mujer. Se creyó que al hombre le gustaba trasvestirse. Pero lo que nadie sabía es que Palomigni compraba los vestidos para su amada estatua. Trataba una y otra vez con cada vestido, pero nada parecía quedarle bien: lo único que conseguían era resaltar su desnudez. Finalmente la dejó desnuda. Pero lo que nadie hubiera podido siquiera llegar a sospechar eran los cuidados que le prodigaba a su amada estatua. Todos los días, al despertar, la besaba y la acariciaba. Le ofrecía miel, uvas y otras frutas dulces, y por las noches, bajo la luz de la luna, le recitaba poemas de amor. Pero siempre había tenido que contentarse únicamente con la fría mirada del mármol.
Pasaron meses, y Palomigni no volvió a esculpir nada. Y todo habría terminado ahí, si no se hubiese obsesionado a tal punto de desear que su estatua fuese una mujer de verdad. Oró a los santos, a Dios Padre, a la Virgen María, a Cupido, y a todos los dioses que se le cruzaron por la cabeza. Imaginó que la única que se dignaba a responderle fue Afrodita, quien se compadecía del joven. Ella ya había hecho un favor similar muchísimo tiempo atrás a un ancestro de Pablo Cruz. Él sabía que la esposa del horrible cojo sentía debilidad por los amores dispares e imposibles. Mientras Palomigni dormía, Afrodita posaba un dedo la sobre la estatua, que yacía acostada al lado del escultor.
Inmediatamente, apareció un leve rubor en las mejillas de la estatua y sus cabellos empezaron a tomar un color castaño. Después de media hora de lenta transformación, la estatua cobró vida. Ella se levantó de la cama, mirando todo como si fuese nuevo. Se asomó por la ventana, y esperó a que despertara su amante, quien aún dormitaba, ignorante a todo lo que había sucedido. Mantuvo fija la vista en la luna mientras iluminaba la ciudad. Sintió un ruido en la cama y le sonrió a un desconcertado Palomigni, que acababa de despertar:
—Buenos noches, querido. Ya está alta la luna, ¿qué poema me vas a leer hoy?
De más está decir que el antecesor de Palomigni era ni más ni menos que el famoso Pigmalión.



[1] Pistro Blou fue construido en 1913, como un hotel, ubicado sobre Av. Rivadavia. Pero sus ingresos eran en su mayoría por una comisión que cobraba a las prostitutas por usar las instalaciones. El primer dueño, quien tenía un muy mal sentido del humor, le puso ese nombre que es anagrama de “prostíbulo”. Ya sea por costumbre o porque les pareció ingenioso el nombre, los siguientes dueños decidieron mantener ese nombre hasta su demolición, en 1997. 



Cuento realizado a partir de una consigna dada como trabajo práctico durante el tercer trimestre de 2012.
Autora: Morena Cañete Palacios
Curso: 5°1°
Profesora a cargo de la actividad: Gabriela Iraolagoitia.




Figurita repetida

«Los chicos jugaban en la vereda hora tras hora, y seguramente
ése sería el mejor recuerdo que habrían de tener años más tarde,
                                         cuando la adultez los sorprendiera...»
                                                       Gilda Manso, “Hermandad”.

Libertina fijaba su mirada en el frasco de mermelada que había descansado sobre la mesada de la cocina durante media mañana. Qué bien se veía el día. La verdad, una maravilla que volviera el calor.
     A veces Mario la buscaba para pasear por la calle adoquinada de Bolívar y Chile. Se decía que Libertina lo volvía loco pero de eso él no hablaba. La vida cotidiana en San Telmo se repetía y se repetía, día tras noche. ‘Las lunas siempre suceden a los soles’  era la muletilla que Libertina usaba para acotar cualquier tipo de conversación.
—Menos mal que te gusta la astrología y a mí lo redondo de los planetas —dijo Mario una vez, mientras fotografiaban el reflejo del agua inquieta de Puerto Madero.
—Monigote, ¿cuánto de velocidad tenía que meterle al diafragma 5.6? —preguntó ella, ignorándolo por completo.
—Si serás, Tomatina…
Dicho esto, Mario tomó la cámara de aquella chica que nunca respondía a sus cariñosas acotaciones, que nunca supo bien cuál etiqueta era la apropiada para denominar aquella relación de tantos años, que tanto ignoraba todo lo que fuera ajeno a ella.
Años más tarde, Libertina se hallaría sentada en su acostumbrado sillón de mimbre, lamentando el no haberse dado cuenta a tiempo de todo el amor que ese chico ―a quien sólo había dedicado horas de meriendas, paseos, cartas y fotografía― insistía en brindarle, y al cual ella jamás había pensado en corresponder, no por malvada sino por vivir con la cabeza entre las nubes.
Cuando el padre de los mellizos Gutiérrez festejó su sexagésimo cumpleaños, todos los vecinos del barrio, sin excepciones, fueron invitados a celebrar a su casa. Era tal la concurrencia que se esperaba para aquella víspera que Ariadna, la primera melliza en nacer, pidió a Mario que se encargara de juntar sillas suficientes para que todos pudieran estar cómodos, ya fuera puertas adentro como en el patio de entrada. Éste, como íntimo amigo de Nilo ­­―mellizo de Ariadna―, no podía hacer otra cosa más que llevar a cabo dicho favor. ¡Qué bronca! ¡Siempre de acá para allá, enganchado con las tareas más aburridas! El pobre prefería contar uno por uno mil carbones para usar en la parrilla antes que ir de puerta en puerta pidiendo sillas. No veía la hora de juntarse con Libertina y verle las pecas de la frente. Todo era cuestión de tres cuartos de hora para encontrarla en la heladería de siempre, donde ya eran habitués.
A veces la mermelada no es suficiente para las galletas, dijo la madre de Libertina ―quien, por cierto, era una de las pocas mujeres con mirada inocente y pícara del barrio― mientras untaba metódicamente con una cuchara de postre la superficie de una Criollita. “Hace falta un poco más de variación, más nutrientes. Quizás un poco de chía les sentaría bien”. Su hija no le prestaba atención: consideraba que la mermelada no poseía imperfección alguna entre sus cualidades de dulce. Muy por el contrario, Libertina vivía prácticamente de ingerir cantidades extraordinarias de dicho engrudo frutal y no podía imaginar salir de su casa sin antes desayunar semejante alimento majestuoso. Nadie entendía el comportamiento de su estómago ya que era tan delgada que el hecho de que consumiera tanto dulce tenía muy poco sentido. Claramente lo más lindo de la mermelada era su consistencia, seguido de su pegadiza traducción en francés: confiture. A Libertina le fascinaban tanto los confites como el francés; y si además ambas dos cosas se fusionaban y se convertían en mermelada, de ningún modo podía ser otra su palabra favorita.
Una vez llegada la fiesta en casa de los Gutiérrez, Libertina se encontraba hablando con Ariadna en las escaleritas del hall de entrada. Aquella se preguntaba cuándo llegaría Nilo acompañado de Mario, que cómo podía ser que tardara tanto si había cosas importantes que arreglar para ir a la Reserva Ecológica y quién se creía el otro para no haber aparecido en la heladería a la hora convenida. “¿Dónde se habrán metido?” pensaba la de pecas, al tiempo que ignoraba muchas de las cosas que le decía su amiga.
—Mario es atento; vos, una distraída de aquellas —decía Ariadna en su carácter de confidente. Tenés que ser más viva, nena. ¿En qué cabeza entra que con tan buen partido, no des bolilla a semejante oportunidad? ¡Qué piba!
—Ari, yo te quiero mucho pero hablás como si él estuviera enamorado de mí y sabés muy bien que no es así. Nosotros no somos pareja. Compañeros de aventuras, sí. Eso sí. Pero pareja no.
—¡Si serás testaruda, mujer! —replicó.
Apenas Libertina lo vio venir, se empezó a morder las uñas pensando en posibilidades del número cuatro. “Cuatro. Cuatro. Par, dos pares, medias. Cuadrado, cubo, arista, Ariadna hablando sin parar y cuatro de nuevo”, analizaba hasta confundirse en un sinfín de cosas relacionables con dicho número. ‘El dibujito del cuatro es como una silla invertida’, eso debe ser. Mario y sus malditas sillas. Qué buen título para un corto de diapositivas. Apenas su copiloto abrió la puerta del portón, esperó sentada en una hamaca que estaba colgada de una tipa[1] y se echó a llorar precipitadamente. Mario inclinó la cabeza, lo que la hizo sentir entendida. Parecía como si pudiera leer su pensamiento, como si la conociera tanto. Como si pudiera asegurar con sus gestos los pensamientos retorcidos de la diosa de la mermelada. Era una sensación cálida, dulce, que se instalaba poco a poco en su estómago. Casi tan palpable como las cartas cuando jugaban al truco los domingos después del almuerzo en el jardín de Doña Rita.
Una noche, cumplidos apenas sus treinta y cuatro años, Daniel Gutiérrez despertaría de una pesadilla. La Reserva Ecológica se había incendiado hasta colmarse de ceniza. Su madre, Libertina Lagos, jamás le descifraría el significado de aquel mal sueño, por miedo a despertar traumas añejos.

—Basta de fotogramas, de cartas, de paseos y de jugar a ser grande. Es hora de que crezcas de verdad y trabajes. Cualquier cosa que no traiga dinero a esta casa es una pérdida de tiempo
—decía diariamente el padre de Mario a la hora de cenar, cuando Libertina ya no estaba presente. Su hijo pronto comenzó a trabajar en el almacén del Turco que estaba sobre Tacuarí al seiscientos y, una vez que se disculpó ante las pecas de Libertina, dejó de frecuentarla en su heladería convencional, de prestarle sus libros de rimas y sus canicas, su papel fotográfico, su caleidoscopio del Barrio Chino y sus figuritas.
Libertina lo buscó y lo buscó todos los mediodías de julio, todas las mañanas de agosto, todos los atardeceres de septiembre entre todos los jacarandás de la primavera. Buscaba sin cansancio. ‘Las lunas siempre suceden a los soles, las lunas siempre suceden a los soles, las lunas siempre suceden a los soles’. Algún día sería el día, estaba segura.

Vieja, el sillón de mimbre está gastadísimo, dijo su hijo Daniel un poco cansado de que su madre pasara tantas horas rememorando dolores de años lejanos. Y Libertina pensaba que sí, que la verdad sería lindo pintarlo de cereza. Después de terminado el almuerzo, iría donde Julieta Villalba para comprar una lata de pintura color confiture. Cuando llegó, un joven de unos veintipico de años le recordó a Mario a esa misma edad. Movía las manos de la misma manera, parecía desplazarse como en otro tiempo y espacio, como si perteneciera a la imaginación de la ya cincuentona Libertina. Le sorprendió que eligiera el mismo latón de pintura ya que era el único cuya marca estaba en francés: una etiqueta brillante y amarilla con la inscripción Nature adornaba su parte frontal. Atinó a preguntarle si el Pont-Saint-Michel no le daba ganas de grabar ese y sólo ese puente durante dos días completos y hacer un largometraje borrador para ver los sábados. El chico la analizó desorientado, pero en su mirada había algo que le decía que la comprendía, algo que le aseguraba una especie de transmisión mental, algo idéntico a la calidez y dulzura que el Mario del pasado le producía en el estómago. Y súbitamente, tuvo la sensación de haber visto antes esos ojos, de haber tocado ese pelo oscuro y de haber pegado flores en esas orejas. Necesitaba respuestas inmediatamente. ¿Qué hacía Mario en un lugar como este? ¿Por qué se veía así de joven si pasaron más de veintinueve años desde la última vez que estuvo por el barrio? Y finalmente volvió a lamentarse acerca del pasado, a castigar su inoportuna falta de atención hacia aquel copiloto que siempre había estado para apoyarla. Lo cotidiano constituía un recuerdo hermoso si se relacionaba con Mario y sus cartas, sus figuritas,  sus paseos, su reflejo en el agua de Puerto Madero y sus sillas, y lo redondo de sus planetas. “Qué bueno que me gusta la astrología”, pensó mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro. No llegaba a entender por qué no le había dicho nunca un ‘Monigote, quiero ser tuya’.
Pronto comprendió que ese muchacho era hijo de Mario y no pudo evitar desilusionarse. Conversó con el chico durante quince minutos más y luego le preguntó si su padre accedería a verla algún día para tomar unos mates y recordar viejas aventuras. Él no supo qué responder pero le anotó la dirección en el papelito de la factura.
Ahí estaba ya la casa. Oyó susurrar los grillos en el jardín de la entrada. Sintió la necesidad de que los acallaran las estrellas del cielo al ver que sus grillidos se le instalaban en sus sensibles oídos. Mientras caminaba hacia el imponente portón, se quedó en la mitad del sendero y relajó la mente, suelta, como si ésta hubiera huido.
Tomó valor y siguió. Apenas logró pisar la alfombra que le dio la bienvenida, un intenso sentimiento de nostalgia invadió su cuerpo. Ya nada sería lo mismo, ambos se habían separado de su mundo de aventuras para sumergirse en aquella faceta extraña conocida como adultez. Cada uno se había juntado con otra persona, había conformado su propia familia y, para colmo, en barrios distintos. Ignoraba por completo dónde había estado Mario durante ese largo período de veintinueve años, lo cual la incomodaba lo suficiente como para que su propio cuerpo intentara inhibir su entrada a esa morada. Oyó pasos acercarse. Repentinamente, recuperó su voluntad de averiguar lo qué había vivido su Don Quichotte y se precipitó de lleno sobre el timbre. Una voz infantil acudió a su llamado y, pocos segundos más tarde, una delicada niña ―que no tendría más de ocho años― apareció para recibirla con un oso de peluche. La escena enterneció de tal manera a Libertina que ésta no pudo controlar sus impulsos e, inclinándose sobre sus rodillas, abrazó a la pequeña como si se tratara de su propia hija. El osito no ofreció demasiada resistencia. Al rato apareció el hijo mayor y la invitó a pasar al comedor. Ahí se encontraba un Mario distinto, cuyos rasgos podían haber cambiado con el tiempo, pero conservaban aun así el espíritu joven de sus años mejores. Mario pareció sorprenderse al volver a verla. Y, claro, pasado tanto tiempo, los astros suelen desajustarse un poco.



[1] Comúnmente, el sentarse cerca de una tipa es sinónimo de un estado de calma, tranquilidad y reflexión. Este comportamiento es considerado también como indicador de tristeza, por lo cual podría entenderse que, al hamacarse colgada de ese tipo de árbol, Libertina quisiera demostrar su angustia.


Autores: Ignacio Monteagudo Tejedor e Ignacio Mozetic.
Curso: 5°2.
Profesora a cargo de la actividad: Lucía Agulló.


LA CULTURA ERRANTE DEL MARGINAL EN LA ARGENTINA

De gauchos malos, crotos, linyeras y pibes chorros
 Una Introducción sobre el marginado y la policía
                                                       
Karl Marx plantea que la historia es una constante lucha de clases, y que las sociedades están divididas en dos clases antagónicas. En la Edad Media, eran los siervos  y los feudales; hoy son la burguesía y el proletariado. El mundo está dirigido por una clase dominante; el resto de la sociedad tiene que adaptarse a ser el engranaje que el capitalismo necesita. El estado es el garante de las ganancias de la burguesía. Todas sus políticas están destinadas a asegurar que el empresario gane y el trabajador consuma.
El Estado es producto y manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en el que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliables. [1]
La afirmación de Lenin es la síntesis perfecta para una explicación de la existencia de clases antagónicas. Pero quizá por las particularidades históricas de la época, o quizá por un intento de colocar al proletario en un plano idílico de perfección que no se corresponde al cien por ciento con la realidad, los comunistas  tradicionales omiten hablar sobre el excluido, el marginado del sistema. 
La Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional distingue dos vertientes en la aplicación de políticas represivas por parte del Estado.
Una de carácter “preventivo”, cuyo objetivo es aplicar el control social a los sectores objetivamente interesados en cambiar el injusto estado de las cosas, y que por lo tanto se descarga de manera indiscriminada sobre los más pobres y en particular los más jóvenes, que son así disciplinados, en el respeto al orden y la autoridad. Son sus herramientas más frecuentes el gatillo fácil, las torturas y las detenciones arbitrarias, acompañadas por el “sobreseimiento fácil” judicial.
La segunda, de carácter “retributivo”, está destinada a los mismos sectores en sus segmentos organizados, y se aplica de forma selectiva a organizaciones y militantes populares. Utiliza dos herramientas esenciales, la represión directa bajo la forma de ataque a movilizaciones y manifestaciones, el secuestro y tortura de militantes, las amenazas y aprietes, etc., y la criminalización de la protesta y del activismo político en sus dos carices, el primario a cargo del poder legislativo y el secundario, administrado por jueces y fiscales.[2]
El Capitalismo cuenta con dos formas principales de represión. Si alguien roba para comer, o si trabajadores hacen huelga por mejores condiciones de trabajo, la policía recurrirá para, a fuerza de bastones o incluso balas, normalizar la situación a favor del Capital. Pero es la cultura impuesta desde la escuela, desde la iglesia, desde la publicidad, la que día a día, casi imperceptiblemente, nos ata al sistema.
La rebeldía contra esta influencia natural de la so­ciedad es mucho más difícil para el individuo que la re­beldía contra la sociedad oficialmente organizada, contra el Estado, aunque a menudo sea tan inevitable como esta última. La tiranía social, a menudo aplastante y funesta, no presenta ese carácter de violencia imperativa, de despo­tismo legalizado y formal que distingue a la autoridad del Estado. No se impone como una ley a la que todo individuo está forzado a someterse bajo pena de incurrir en una sanción jurídica. Su acción es más dulce, más insinuante, más imperceptible, pero tanto más poderosa. Para rebe­larse contra esta influencia que la sociedad ejerce natu­ralmente sobre él, el hombre ha de rebelarse, por lo menos en parte, contra sí mismo, pues con todas sus tendencias y aspiraciones materiales, intelectuales y morales él mismo no es otra cosa que el producto de la sociedad.[3]

El excluido no es, o intenta no ser, parte de la sociedad capitalista. No concibe el mundo como lo hace el capitalista, no tiene la cultura de trabajar para que el patrón gane plata, no es consumista, no tiene los valores morales que tiene el resto de la sociedad. El marginado rompe esta barrera que construye la sociedad para llevar una vida en libertad. Las fuerzas de seguridad fueron siempre el enemigo principal de este marginado personaje, que, lógicamente sería la víctima predilecta de  los abusos de su autoridad.
La Argentina tiene una extensa tradición en estos antagonismos. Recorren casi sus doscientos años de historia las disputas entre el gaucho y el ñato, el linyera con el vigilante, o el estereotipo de Pibe Chorro con la yuta.


De Gauchos y Payadores
Mi gloria es vivir tan libre / como el pájaro del cielo / no hago nido en este suelo / ande tanto hay que sufrir / y naides me ha de seguir / cuando yo remuento el vuelo
(José Hernández, Martín Fierro, 1872)

El Estado argentino se empeñaría en usurpar las tierras ocupadas por indígenas. Podemos comenzar el proceso en el gobierno de Rivadavia cuando contrata, para exterminar a los indios Ranqueles, al coronel prusiano Federico Rauch, quien sería degollado por el cacique ranquel llamado “Arbolito”. Más tarde, gobiernos como el de Rosas o el de Sarmiento también se ocuparían de ganar terrenos nativos, pero no fue hasta el gobierno de Avellaneda que se neutralizaría totalmente la situación. El General Julio Argentino Roca llevaría a cabo uno de los genocidios más importantes de la historia argentina, que luego se ocuparían los empresarios acreedores de las tierras en soldar.
Al principio les pagaban a (Mister Bond) y a sus compañeros de “faena” una libra esterlina por cada “par de orejas” de indio que entregaban. Que como entre los cazadores había algunos demasiado blandos de corazón, que a veces se conformaban con cortar las orejas a sus víctimas sin matarlas, y como los “patrones” se apercibieron de la trampa por haber visto algunos indios desorejados, se cambió el sistema y desde entonces no se pagaba la “libra esterlina”, si no a cambio de la cabeza, los testículos, los senos o algún otro órgano vital de eso que constituía “la gran caza de la Patagonia.[4]
Fusilaron, torturaron, traicionaron, envenenaron, o en fin, simplemente, asesinaron a millares de nativos, esclavizaron a otros cientos, y vendieron sus tierras a adinerados latifundistas. Pero preguntémonos quienes eran los nativos. Vivían en libertad, ignoraban el concepto de propiedad privada, y trabajaban lo que podían y consumían únicamente lo que necesitaban. Darwin comentaba que los Onas eran los seres más desdichados de la tierra a causa de su perfecta igualdad. Eran el antagonismo perfecto del ideal emprendedor de esta oligarquía.
Pero retrocedamos un poco. La literatura argentina se encontraba en sus comienzos, completamente adherida a la política. Entre los primeros textos, encontramos El Matadero, de Esteban Echeverría, un cuento crítico del régimen rosista. Encontramos la poesía gauchesca siguiendo la misma lógica. Ángel Rama traza cuatro etapas de esta poesía que van acompañando al contexto histórico. Desde la revolución de 1810 hasta la asunción de Rosas es la primera; la segunda se da durante la lucha entre unitarios y federales, centrando en su eje a la figura de Juan Manuel de Rosas; la siguiente acompaña desde de la Batalla de Caseros hasta 1870, y sufre la imposición del nuevo régimen liberal; y por último, la cuarta etapa que abarca la poesía entre los años 1872 a 1879, en la que abandona las pretensiones “partidarias” para adquirir un carácter más social. La poesía gauchesca no volvería a ver el sol hasta su florecimiento a mediados del siglo XX con autores como Atahualpa Yupanqui, o Mercedes Sosa, quienes mezclaban estas tradiciones con corrientes de izquierda. El Martín Fierro corresponde al cuarto período, y es, según muchos autores, una crítica al gobierno de Sarmiento que forzaba a los gauchos a trabajar en la frontera. Cabe aclarar que toda la poesía gauchesca que se conoce hoy en día surge desde la elite, ya que la de los payadores no ha quedado copia escrita de su obra.
Martín Fierro es un gaucho signado por la pobreza que sufre una serie de desdichas a partir de que es enviado a la frontera a combatir al indio. “¡Y qué indios ni qué servicio / si allí no había ni cuartel! / Nos mandaba el coronel / a trabajar sus chacras  / y dejábamos las vacas / que se las llevara el infiel”[5].
Se aprecia aquí el primer encuentro entre las fuerzas represivas y el gaucho. Fierro tiene discusiones con su patrón porque no le pagaba y se escapa. Al llegar de nuevo a su ciudad, se encuentra con que su esposa y sus hijos lo abandonaron. Va a una pulpería donde bebe y se bate a duelo con un negro. Lo mata y se convierte en un fugitivo de la ley. Pasa a convertirse de simple “gaucho cantor” a “gaucho malo”, caracterizaciones que hace Sarmiento en el Facundo. “El gaucho malo no es un bandido, no es un salteador; el ataque a la vida no entra en su idea, como el robo no entraba en la idea del Churriador. Roba, es cierto; pero ésta es su profesión, su tráfico, su ciencia”[6]. Es muy característico, no sólo el desprecio del gaucho en Sarmiento, sino también, la suerte de admiración que le tiene, quizás por llevar una vida infinitamente más libre que la suya.
En su huida, Martín Fierro canta a modo de lamento:
Su casa es el pajonal/ su guarida es el desierto/ y si de hambre medio muerto/ le echa un lazo a algún mamón/ lo persiguen como a un plaito/ porque es un gaucho ladrón…
Para el son los calabozos/ Para él las duras prisiones/ en su boca no hay razones/ aunque la razón le sobre; / que son campanas de palo/ Las razones de los pobres.
Si uno aguanta, es gaucho bruto; / si no aguanta, es gaucho malo. / ¡Déle azote, déle palo, / Porque es lo que él necesita!/  De todo el que nació gaucho/ Ésta es la suerte maldita. [7]
Se observa en las citas el sentimiento de impotencia del gaucho. Era recluido, era castigado, era perseguido, pero no había nada que hacerle. Pero quizá lo más interesante es que el gaucho no se queja directamente de las fuerzas de seguridad, si no del gobierno. Es llamativo que vea como su principal enemigo al ideólogo, y no al ejecutor de aquellas acciones que derivarían en miseria. De hecho, cuando los policías lo van a buscar para arrestarlo por la muerte del moreno, dice que al fin y al cabo, el policía está haciendo su trabajo.
El personaje de Cruz, el policía, también es muy interesante, ya que, en lugar de arrestar al gaucho, ve reflejada su historia en la de Fierro, y se escapan juntos a la frontera, para vivir con el indio. No es tan disparatado tomar la frase de Sarmiento, al referirse al “gaucho malo” como salvaje de color blanco, como una clara muestra de su psicología y de sus ideales. Huyeron buscando vivir en libertad; escapando del gobierno, la autoridad, y el trabajo.




De crotos, linyeras y atorrantes

                                      “Dejen lo seguro por lo inseguro. Dejen en caso necesario, una vida cómoda, lo que se les ofrece para el porvenir. Partan por los caminos.”
André Breton

Han pasado los años, un nuevo siglo empieza, la barbarie ha sido reemplazada por la civilización, y la civilización ha sido plasmada en metrópolis, en urbanización. La Argentina se ha desarrollado y los inmigrantes llegan de a miles. De la mano de un gran desarrollo y una gran civilización viene un incremento de las normativas y de los funcionarios de la ley y el orden que se encargan de cumplirlas. Ahora bien, de la mano de este proceso y, como no podría ser de otra forma, resurge y se reinventa la figura del marginado.
Volvemos a encontrar su huella a comienzo de siglo en los crotos, linyeras y atorrantes. No se debe confundir estos personajes con la idea de linyera de persona que ha perdido todo y debe reducir su existencia a mendigar para sobrevivir, de hecho, la mayoría de los crotos, atorrantes, linyeras eran completamente renuentes a pedir y hasta preferían, henchidos de orgullo, robar a tener que invocar la caridad ajena. Como bien explica Osvaldo Baigorria:
(…) la huella del vagabundo no es idéntica a la del homeless. Mientras que los habitantes sin techo de toda urbe son una muestra de exclusión extrema, forzada, impuesta por la sociedad del mercado, el croto siguió voluntariamente el rastro que lo llevaría a un lugar de no-pertenencia. El croto no se definió por la carencia que implica la preposición “sin”. Su estilo fue más la renuncia que el despido. Y más el abandono del hogar que la perdida de la vivienda (…)[8]
Sin embargo tampoco se debe pensar en el croto o el linyera como alguien ocioso que no trabaja sino que debe ser caracterizado como un trabajador itinerante. Trabajaban en cosechas estacionarias por un tiempo, juntaban lo suficiente para abastecerse por un tiempo y seguían su camino Sus principios consistían en ir errando constantemente de pueblo en pueblo, ciudad en ciudad, cosecha en cosecha por medio del ferrocarril, parando en las inmediaciones de las estaciones en ranchadas con sus pares. Conformaron un grupo extremadamente solidario, se reconocían fácilmente como miembros de la misma élite y cuando uno llegaba a una de estas ranchadas siempre era bienvenido y no necesitaba invitación para quedarse. A su vez, al mismo tiempo que unos llegaban, otros se iban, conscientes y orgullosos de su destino.
Por su forma de vida, este movimiento estaba fuertemente vinculado al anarquismo. De hecho no tendría lógica que hubiese sido de otra forma. Los crotos vivían en una suerte de constante anarquismo, completamente al margen del sistema. Por eso, los teóricos anarquistas en seguida valorizaron su figura y los llamaron sus hermanos, como en un artículo de Miguel Ángel Roscigna que para esos años fue publicado en el periódico Anarchia, de Severino di Giovanni, célebre anarquista italiano que luego sería ejecutado por la dictadura de Uriburu por su accionar contra el capital y el fascismo italiano: “(…) Con su mono al hombro, insometibles, inadaptables a la esclavitud del salario (…), recorren el mundo de punta a punta, atacando y desgarrando en mil formas el falso principio que somete a los pueblos: la autoridad (…)”
A su vez, muchos anarquistas fueron tentados por este modo de vida y se largaron al eterno periplo, y muchos crotos empezaron a difundir estas ideas a lo largo de todo su camino, llevando el anarquismo a los rincones más remotos de la patria. El entendimiento fue recíproco, natural y hasta de alguna forma obligado. Nadie representó tanto el espíritu anarquista como los crotos itinerantes.
El enemigo natural del croto fue la policía, tanto por su espíritu libre e itinerante como por sus principios anarquistas, desde un comienzo parecían destinados a enfrentarse. La policía encarnaba la fuerza represiva del sistema contra el que se habían rebelado y a su vez la policía encontraba en los crotos el sujeto más indefenso, aquel sobre el cual se podía efectuar el mayor abuso de poder y nadie saldría en su defensa, además de ver en él un marginal de la sociedad, que a sus ojos no era necesario en lo más mínimo. Cualquier excusa era válida para propiciarles una golpiza o encerrarlos en prisión. Era práctica común en aquellos días que un policía les pidiera la “papeleta” (documentos, etc) y si no tenían nada para presentar, lo cual era lo habitual en los linyeras, llevárselos detenidos. Muchas veces era tan sólo por estar en posesión de libros o panfletos anarquistas y hasta se dio un caso de que para la visita de un intendente a un pueblo de la Provincia de Buenos Aires, el comisario mayor mandó a encerrar a todos los linyeras con el fin de mostrar lo bien que funcionaban las instalaciones carcelarias municipales. También es cierto que para muchos crotos la delincuencia era una forma de sobrevivir. Ellos no lo consideraban robo sino expropiación ya que, de acuerdo con sus ideales anarquistas el verdadero robo era la propiedad privada. Tampoco fue infrecuente el caso inverso, el de delincuentes que, perseguidos por la policía, se unían a las caravanas itinerantes de linyeras para poder escapar disimuladamente y muchas veces terminaban compartiendo su modus vivendi.
El desprecio de los crotos a la policía se encontraba plasmado en muchos de los cantos que se entonaban a la noche en las ranchadas alrededor de un fogón. Desgraciadamente la mayoría de estos canticos no pudieron perdurar en el tiempo debido a la naturaleza itinerante de los crotos pero encontramos plasmadas vivencias de esta idiosincrasia en muchos de los tangos carcelarios o prostibularios de comienzos de siglo.  Sin embargo, por características propias del género, no tienen una mirada celebratoria de esta forma de vida sino un tono de autoreproche, el narrador se revuelca en sus propios errores, mala suerte y pasados arruinados que ya no volverán. Pasaremos a analizar un fragmento de la canción “Gayola”.
(…) Me encerraron muchos años en la sórdida gayola/y una tarde me libraron... pa' mi bien...o pa' mi mal.../Fui sin rumbo por las calles y rodé como una bola;/Por la gracia de un mendrugo, ¡cuántas veces hice cola!/las auroras me encontraron largo a largo en un umbral.
Hoy ya no me queda nada; ni un refugio...¡Estoy tan pobre!/Solamente vine a verte pa' dejarte mi perdón.../Te lo juro; estoy contento que la dicha a vos te sobre.../Voy a trabajar muy lejos...a juntar algunos cobres/pa' que no me falten flores cuando esté dentro 'el cajón. (…)
Llegamos los pibes chorros

 Antes no robaba, antes trabajaba.
Antes no fumaba, tampoco escaviaba.
(Mala fama- “Me Hice Mala Fama”)

La desindustrialización que sufrió el país, primero por la dictadura militar y después por la presidencia de Carlos Saúl Menem, trajo, como una de sus inevitables consecuencias, un notorio aumento de las tasas de desempleo (más de un veinte por ciento de la población). Casi la mitad del país quedó bajo la línea de pobreza. Las villas y asentamientos se propagaron a lo largo y ancho del país, en condiciones de vida cada vez más precarias e insalubres. Muchos quedaron por completo descastados del sistema y salir a robar en más de un caso se convirtió en la manera de ganarse el pan.
Dentro de este marco histórico es donde nace la cumbia villera. En las villas, tradicionalmente los fines de semana se hacían bailantas y se bailaba cumbia. Cumbia a secas. Con letras románticas y con sus intérpretes vestidos en llamativos y vistosos trajes tropicales. Para fines de la década de los ’90, algunos pioneros como Pablo Lescano decidieron unir la situación que se vivía en la villa día a día con la música que allí se escuchaba. Con influencias musicales de estos grupos tropicales pero caracterizados como quienes eran, nacieron los primeros grupos de cumbia villera. Sus letras hablaban de cómo eran marginados por la sociedad, y se vestían con ropa deportiva, zapatillas y visera. En seguida, miles de oyentes de todo el país se sintieron identificados y la cumbia villera explotó.
En las letras de cumbia el narrador está en primera persona. Es un marginal y se reconoce como tal. Es consciente de su situación, vive en la villa, consume sustancias y muchas veces debe salir a robar; y lo que es más, se siente orgulloso de ser quien es, se siente orgulloso de no formar parte de la sociedad que lo excluye, desprecia e ignora. La cumbia tiene esta violencia explícita que va al frente, sacude a las clases medias y altas con sus letras completamente desfachatadas y faltas de vergüenza. “Llegamos los pibes chorros/queremos las manos de todos arriba”, hace acordar a esta misma idea del robo, o mejor dicho expropiación, por parte de los crotos, que consideraban que el verdadero ladrón era aquel que tenía mientras gran parte del pueblo sufría de carencia y por consiguiente, la única cosa lógica restante por hacer era salir a robar.
De la misma forma que el antagonista natural del gaucho era el militar y del croto los vigilantes de antaño, el enemigo por excelencia del pibe chorro va a ser sin duda alguna la policía y, en la mayoría de los casos, la temible bonaerense. La bonaerense no sólo lo persigue por delitos menores, como por robo o tenencia de drogas para consumo personal, sino que también hay casos en que la policía aplica el método de disparar, y luego preguntar, mejor conocido como gatillo fácil. La policía bonaerense es la más temida, la más corrupta y la más prontuariada. Este antagonismo es el que encontramos mejor planteado de todos, el más crudo y el más directo. Se ve reflejado por innumerables letras de cumbia, de forma cruda y sin sutilezas. Dentro de éste subgénero de la cumbia podemos encontrar distintas variantes en las líricas:
-          Las de protesta, en las que el narrador se está quejando del accionar  policial, de la corrupción o del abuso de la fuerza, de lo mucho que les hacen sufrir.
-          Las de desafío, en la que el narrador se está burlando de la figura del policía o como se dice coloquialmente, lo está descansando.
-          Y la última es uno de los casos más interesantes, es la cuál en la que el narrador se lamenta por un amigo que se hizo policía.
Dentro de las letras de protesta podemos citar como uno de los mejores ejemplos a “Quieren Bajarme”, de Damas Gratis la cuál es una aguda crítica a la estereotipización del pibe chorro.
Quieren bajarme no saben como hacer/porque este pibito no va a correr/Me miras en la tele te quieres matar/la envidia te mata, me quieren llevar/Por ser un pibito, bien cumbiandero/me subís, a tu patrullero/ANTI
Es que si un negro corre dicen qué se robó/vamos a llevarlo preso que algo se afanó/pero si un cheto lo hace/no, no, ese pibe no robó/ANTI
En “Yuta Compadre”, de Yerba Brava, el narrador festeja que después de años de sufrimiento en la prisión, por fin liberaron a su amigo, el Monito, y todo depara en una reflexión acerca de la policía.
Hoy es un día especial/porque el monito a la villa llegó/Dos años guardado estuvo/y al fin la yuta hoy lo largó.
Se fue corriendo a ver a su madre/que entre risas y llantos lo recibió/también los vagos, contentos estaban/y esa noche, el baile se armó.
Yuta compadre/por fin hoy lo soltaste/yuta compadre/…
En esta categoría también podemos ubicar los temas “El Pibito Ladrón”, de Pibes Chorros; “Gatillo Fácil”, de Flor de Piedra y hasta un caso poco común que es el de de “Ladrón Yo No Soy”, de Pala Ancha, en la que el narrador, en vez de alardear de sus correrías dice que está encerrado injustamente, niega ser un ladrón y hasta asegura que ni siquiera la marihuana que le encuentra el policía era de él sino que le hicieron una cama, denunciando la corrupción institucional de la policía.
A mitad de camino entre las letras de denuncia y las de descanso se encuentra el tema “Gorra Basura” en la que al mismo tiempo se denuncia a los efectivos de policía que consumen cocaína mientras trabajan, práctica común de la policía bonaerense, y se le ríen del estado en el que ha quedado.
Estás de servicio/tomás papusa/bajás del patrullero con la carretilla dura.
Re persecuta/chamuyás todo trabado/salta la ficha/ que enroscado estás.
Gorra basura/andas cortando fuga/ Gorra basura/andas cortando fuga.
Con la carretilla dura/Con la carretilla dura.
En “Poliguampa”, Pibes Chorros se burla de un policía al cual lo engaña su mujer mientras está de servicio, y en “Bajen del Patrullero”, La Piel de Judas desafía a los policías a que bajen del patrullero y se planten.
Pero el caso más interesante es sin duda el del amigo que antes paraba con la vagancia y se terminó haciendo policía. La primera banda insigne de cumbia fue Flor de Piedra, producida por Pablo Lescano, y ya su primer tema en alcanzar la popularidad masiva fue “Sos Botón”, justamente, uno que repudiaba a su amigo que ahora los estaba arrestando.
Sufre, por hacerte policía
No lo puedo creer/vos ya no sos el vago/ ya no sos el atorrante/al que los pibes lo llamaban el picante/ahora te llaman botón.
Ya no estás, con tus amigos/y en la esquina te la dabas/de polenta, de malevo y de matón/y solo eras un botón, y solo eras un botón.
Vos sos un botón/nunca vi un policía tan amargo como vos
Vos sos un botón/nunca vi un policía tan amargo como vos
Cuando ibas a la cancha/parabas con la hinchada/y tomabas vino blanco/y ahora patrullas la ciudad/si vas a la cancha vas en celular/Y a tus amigos andas arrestando/sos el policía del comando
Vos sos un botón/nunca vi un policía tan amargo como vos
Vos sos un botón/nunca vi un policía tan amargo como vos
Muchos otros temas son tan buenos ejemplos de ésta situación como éste, “La Marca de la Gorra” o “Pocos Quedan”, de Mala Fama.
Sin embargo, más allá de ésta idea del pibe chorro flemático y orgulloso de ser quién es, muchos temas de cumbia, a la manera del tango, se ubican al final de la carrera del narrador, cuando ya su vida llega a su fin o está preso y en un último vistazo atrás se arrepiente de la ida que ha llevado. Es en estos casos donde quizás se den los ejemplos de letras de mayor poesía, como “Entre Rejas” o “El Prisionero” de Pibes Chorros o también el caso de “De Regreso al Penal”, cuya historia goza de mayor complejidad.
No sólo en la cumbia se presenta la figura del marginal de las villas. El tema “El Chico de la Oculta”, de la banda de rock barrial Viejas Locas también habla de un descastado total de Ciudad Oculta que se encuentra en sus últimas, pero no es un detalle menor que, a diferencia de en las cumbias, aquí el narrador esté en tercera persona y hable de algo que ve y no de algo que sufre, siendo una mirada un poco más externa. “Está dado vuelta en un zanjón, aspirando las pequeñas cosas que la vida no le dio”. Quizás donde realmente sea más fuerte la personificación  del criminal marginal sea en las letras de la banda de rap Fuerte Apache, originaria del barrio homónimo, cuyas letras son una especie de crónica de la delincuencia e injusticias que se viven en el barrio y de alguna forma, cerrando el círculo vuelve a encontrarse con el “gaucho malo” del Martín Fierro debido a las formas. El rap y la payada tienen características increíblemente similares, y de hecho hasta podemos encontrar algunas estrofas más que similares. Procederemos a citar la letra de la canción “El Mundo del Revés”, de la banda Fuerte Apache, que no tiene desperdicio.
Naci con mucho esfuerzo / Departe de mi mama / Dicen que estuvo unos meses /  Internada en un hospital…
Sufriendo en una cama / Con riesgo de abortar / Y con su vida en peligro / quiso que naciera igual.
Y me crie como un chico normal / De barrio bajo / Me hacía falta la comida / Y a mis padres el trabajo…
Ser chiquito y estar solo / Se lo que es eso / Iba a la escuela sin abrigo /Congelándome los huesos...
Y así me fui criando, / De a poquito me hice solo, / Aprendí lo que es la calle / Y a cuidarme de todo
Entendí q nadie es bueno, / Y aunque mucho quieran darte, / El que hoy te da la mano, / mañana puede matarte...
Hay que cuidarse, / Y a veces hasta frenar un poco, / Aunque seas malo, / Siempre va a ver uno más loco...
En mi mundo muchas cosas, / Que pasan no se entienden, / Y apuro encontronazo, / Con la vida se aprende.
Este es el mundo del revés, / Donde yo vivo, / Donde tu amigo, / Mañana puede ser tu enemigo, / Donde a los chicos les falta, / Que comer, y abrigo, / Donde los buenos se mueren, / Y los malos siguen vivos...
Así es el mundo del revés, / Donde yo vivo, / Donde tu amigo, / Mañana puede ser tu enemigo, / Donde a los chicos les falta, / Que comer, y abrigo, / Donde los buenos se mueren, / Y los malos siguen vivos...
Y muy chico conocí, / Lo que es el dolor, / De tener que llorar, / Un amigo en un cajón, / En otro lado, / Con 14 son niños y se esconden, / En cambio en mi mundo, / En la calle te haces hombre,
Tenés tu fierro, / Y pa' fumar tu marihuana, / Tenés tus minas, / Y te pasas un tiempo en cana..
Por ahí tenes un hijo / Al que darle de comer, / Y esta la policía, / Que no te deja de joder,
También... / Seguro debes tener, / Un par de enemigos, / Pa' llorar y recordar, / Un par de amigos, / Que se fueron, / A un mundo mejor,
 Y te consuela saber, / Que ya no sufren el dolor, / De vivir entre la espada, /Y la pared, / De tener q activar, / Pa' poderse mantener, / Que la ruleta de la vida, / No les juegue al revés, / Y que salgan a ganar / Y les toque perder...
Este es el mundo del revés, / Donde yo vivo, / Donde tu amigo, / Mañana puede ser tu enemigo, / Donde a los chicos les falta, / Que comer, y abrigo, / Donde los buenos se mueren, / Y los malos siguen vivos...
Así es el mundo del revés, / Donde yo vivo, / Donde tu amigo, / Mañana puede ser tu enemigo, / Donde a los chicos les falta, / Que comer, y abrigo, / Donde los buenos se mueren, / Y los malos siguen vivos...
Sobreviviendo en el mundo del revés, / Fui aprendiendo que la vida / Se va lleno, / A medida q vas creciendo, / Y aprendí a valorar, / Los momentos como oro, / Los recuerdos, / Que quedan, / Son tus únicos tesoros,
De las mujeres vi' a decir, / Algo que es obvio, / Encuentran otro novio, / Cuando están, / En tu velorio, / Todas te quieren, / Todas te admiran / Pero cuando te morís, / Enseguida se olvidan...
Sobreviviendo en este / Mundo nos criamos, / Y nos marginan todos, / A nadie le importamos, / Solo nos nombran, / Cuando mal actuamos, /Cuando nos drogamos, / Robamos, / O matamos...
Yo pienso, / Deberían dar otras opciones, / Ya están llenos los penales, / De malandras, / Y ladrones.
En mi barrio / Se tendrían q formar profesionales, / En lugar de q los chicos, / Se hagan criminales...
Este es el mundo del revés, / Donde yo vivo, / Donde tu amigo, / Mañana puede ser tu enemigo, / Donde a los chicos les falta, / Que comer, y abrigo, / Donde los buenos se mueren, / Y los malos siguen vivos...
Así es el mundo del revés, / Donde yo vivo, / Donde tu amigo, / Mañana puede ser tu enemigo, / Donde a los chicos les falta, / Que comer, y abrigo, / Donde los buenos se mueren, / Y los malos siguen vivos...
 ( Este es el mundo del revés donde yo vivo / Donde la policía en lugar de cuidarnos / Nos inventan causas / Donde los chicos no tienen infancia / Y trabajan en la calle o roban / Para comer y sobrevivir / Donde los políticos nos quitan / En lugar de ayudarnos / Donde a nadie le importamos / Donde nos olvidaron / Donde para jueces y fiscales / Somos culpables hasta demostrar / Lo contrario / Pero después cuando nos hacemos / Como somos se horrorizan / Y nos matan en la calle como a ratas / O nos encierran de por vida / Después hablan de igualdad de derecho... / Por favor ... )
Este tema es quizás el más fuerte, el más crudo, el más sentido de las canciones propuestas. Es, sin duda, el más directo, plantea el estado en el que están marginados sin pelos en la lengua y, lo que es más, propone cambiar el sistema que los ata a la delincuencia y a la miseria.
Otro caso a analizar es el de Camilo Blajaquis. Un Pibe Chorro que, como muchos otros, terminó encerrado en reformatorios y luego, en las cárceles de máxima seguridad de Ezeiza y Marcos Paz. Allí dentro encontró refugio en la literatura: terminó el secundario, reconstruyó la biblioteca de uno de los reformatorios y fundó la revista ¿Todo Piola?. Dentro del primero de sus dos libros de poesía, encontramos “Cosas simples que piensa un pibe preso”.
No hay nada más puro que chamullar con los pibes. / Recordar viejas hazañas delictivas (delito cometido, daño causado a la propiedad privada, lesiones leves o graves, títulos de diarios salpicados con sangre) / Competir en ver quien cobró más veces con la policía / Soñar que resucita el futuro que mataron. / El dolor está en el aire y pesa más que el aire. / Pero acabo de comprobar algo: sonreímos demasiado (infracción al artículo 17 del código de convivencia del Servicio Penitenciario), aunque vivimos atados de prohibiciones.[9]
La mezcla de melancolía con protesta, pero aun así, llena de esperanza, presente en el fragmento seleccionado es bastante distinto al de la poesía gauchesca, que, si bien es melancólica y de denuncia, esta completamente exorcizada de cualquier tipo de optimismo.
La figura del Pibe Chorro es la figura que más desprecio le guarda a la policía, quizás por ser el personaje que más la sufre. La policía tomó su principal giro hacia la represión, la corrupción y el gatillo con la última dictadura militar.  Nunca ha habido tantas victimas de la autoridad como desde entonces.

Conclusiones  sobre doscientos años de marginación
La realidad es que estoy preso, en una cárcel
Lo real es que soy libre demasiado libre
(Camilo Blajaquis- “Diferencias invisibles”)

Alfredo Moffatt, autodidacta en el psicoanálisis, desarrolló la teoría de los anillos de la marginalidad. Es un concepto que implica la existencia de tres círculos concéntricos:
-          Un centro en el que se ubican los “normales”, es decir, quienes tiene trabajo o se ubican cercanos al poder.
-          Un segundo anillo donde se encuentran quienes han pasado un límite permeable, que les permite volver al primer anillo fácilmente, por ejemplo, artistas, desocupados, prostitutas.
-          En el último anillo se encuentran quienes han pasado un límite impermeable, por ejemplo, presos, psicóticos, chicos de la calle, y toda otra clase de parias sin posibilidad de retorno a la sociedad.
-En este anillo hay más riqueza y dramaticidad existencial- se entusiasma Moffatt-. El folklore de todos los pueblos salió de allí. El tango no salió en los salones si no en los piringundines. El centro está muerto, porque se burocratiza y no tiene creatividad: el normal es nadie precisamente porque coincide con la norma.[10]
Recorremos la historia captando a tres personajes principales:
-          El gaucho, que era forzado a trabajar en campos o enviado a la frontera. Hundía constantemente sus penas en alcohol, y más de una vez cargaba con la vida de algún otro mamón en algún duelo.
-          El linyera, que descastado por elección pero no por eso ajeno a la mala suerte que lo acorralaba, vive a la intemperie de cosecha en cosecha con un porvenir incierto.
-          El pibe chorro, quien dejado de lado del sistema se rebela contra el mismo, desde adentro, y ay de quien se cruce en su camino.
Como rasgo de estos tres personajes podemos decir que el marginal argentino a lo largo de la historia es uno solo si lo caracterizamos por la aceptación de su destino una vez que ya no puede escapar del mismo y cómo, desde ese lugar completamente fronterizo y perseguido, puede emocionar con su historia. Si bien el personaje es separado de la sociedad por ser diferente, porque la sociedad separa, margina, castiga a todo lo que no es similar a ella, es también él quien toma la distancia de la sociedad. Es un personaje indómito, libre, cimarrón, solitario. Su espíritu está presente en la historia desde sus albores y seguirá estando hasta su abismo, o hasta su redención. Como diría Ariel Salinas, ni toda la federal podrá detenerlo.

Bibliografía:

-BAIGORRIA, Osvaldo. Anarquismo trashumante. La Plata: Terramar, 2008.
-BLAJAQUIS, Camilo. La venganza del cordero atado. Buenos Aires: Continente, 2010.
-BAKUNIN, Mijail. Dios y el Estado. Buenos Aires: Editorial Terramar, 2010.
-CORREPI. “Declaración de principios”, en http://correpi.lahaine.org/?page_id=4.
- DUBIN, Mariano. “Lunfa Nuestra (O Cómo Cantar las Cuarenta en Rioplatense)”, artículo en Revista Sudestada. N° 102; Buenos Aires, Septiembre de 2011.
-DUTIL, Carlos; RAGENDORFER, Ricardo. La Bonaerense. Buenos Aires. Planeta, 1997.
- ENGELS, Friedrich; MARX, Karl. El Manifiesto Comunista. Buenos Aires: R.P. Centro Editor de Cultura. 2008.
- HERNANDEZ, José. Martín Fierro. Buenos Aires: Editorial Losada, 1977.
- LENIN, Vladimir. El estado y la Revolución. Buenos Aires: Editorial Ateneo, 1963
- RAMA, Ángel. Los Gauchipolíticos Rioplatenses. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1982.
- RUSSO, Pablo; RODRIGUEZ PEREA, Lucas. “Camilo Blajaquis, poeta del nuevo siglo”, artículo en Revista Sudestada. N° 105; Buenos Aires, Diciembre de 2011.
- SARMIENTO, Domingo Faustino. Facundo. Caseros: Gradifico, 2007.






LISTA DE TEMAS

La Cultura Errante del Marginal en la Argentina
(CD Complementario)

1) La Gayola --- 34 Puñaladas
2) Llegamos los Pibes Chorros --- Pibes Chorros
3) Me Hice Mala Fama --- Mala Fama
4) La Marca de la Gorra ---  Mala Fama
5) Quieren Bajarme --- Damas Gratis
6) Poliguampa --- Pibes Chorros
7) Pocos Quedan --- Mala Fama
8) Ladrón Yo No Soy --- Pala Ancha
9) Gorra Basura --- Mala Fama
10) El Pibito Ladrón --- Pibes Chorros
11) El Chico de la Oculta --- Viejas Locas
12) De Regreso al Penal --- Pala Ancha
13) El Mundo del Revés --- Fuerte Apache
14) Yuta Compadre --- Yerba Brava
15) Sos Botón --- Flor de Piedra



[1] LENIN, Vladimir. El estado y la Revolución. Buenos Aires: Editorial Ateneo, 1963; Pag 8.
[2] CORREPI. Declaración de principios, http://correpi.lahaine.org/?page_id=4.
[3]  BAKUNIN, Mijail. Dios y el Estado. Buenos Aires: Editorial Terramar, 2010. Pag 94.
[4] BORRERO, José María. La Patagonia Trágica. Buenos Aires: Editorial Americana, 1957. pag 44
[5] HERNANDEZ, José. Martín Fierro. Buenos Aires: Editorial Losada, 1977. pag 36.
[6] SARMIENTO, Domingo Faustino. Facundo. Caseros: Gradifico, 2007. Pag 46.
[7] HERNANDEZ, José. Op cit. Pag 61- 62.
[8] BAIGORRIA, Osvaldo. Anarquismo trashumante. La Plata: Terramar, 2008. Pag 17
[9] BLAJAQUIS, Camilo. La Venganza del Cordero Atado. Buenos Aires: Continente, 2010. Pag 109.
[10] BAIGORRIA, Osvaldo. Op cit. Pag 108




Esta actividad fue realizada en una clase interdisciplinaria entre las materias de Literatura (a cargo de la Prof. Lucía Agulló) y Francés (Prof. Constanza Bauzá) como pareja pedagógica, aprovechando la dinámica de taller propiciada por la ausencia de algunos alumnos que se encontraban de viaje de egresados.


CONSIGNA HIPOGRAMA. En un poema de no más de veinte versos hipogramar en cada verso una palabra escrita por algún compañero y elegida al azar. Incluir, además, tres palabras en francés.



LA RÉAPPARITION (Bonheur)
AUTORA: Mercedes D’Angelo

Brotaron hartos de su réalité.
Probaron gritar hasta que fueran aire.
Imagen bizarre la que crearon haciendo muecas de rabia implacable.
Parecían buitres que se contorneaban manchando el cuero que los recubría.
La noche bleu parecía camuflarlos entre las hojas de couleur petróleo.
Pero sucumbió tan rápido como comenzó, helando sus cuerpos impenetrables.
Bajaron la hinchazón de la muerte y se sintieron aliviados.
Y se limitaron a brindar con ron hasta que la noche se vino en jour radiante,
Combinando los sonidos que echaban sus risas con los de los oiseaux de su premier madrugada.


PAPILLON
AUTORES: Analía Canta, Ailén Ramírez Marcos, Milena Salvador Corsi.

El Papa de la Iglesia lloraba nostálgicamente.

Para él lo primordial era llenar su corazón de amor.

Se sentía tan paralizado y perdido, observando las láminas del salón del monasterio.

Se cuestionaba su paupérrima fe, mientras ellos lo observaban negando la tête.


Para poder seguir adelante la conciencia debía estar en paz.

Pensaba que podía dejarse llevar por las creencias vacías de los herejes.

Paraba para observar mientras las lágrimas caían a regarder en lo que el mundo se había convertido.

Lo que el Papa se interrogaba era cómo se habían roto los lazos entre los humanos.


MALADIE
AUTORES: Camila Logares, Candela Loreti.
           
Mar, sol, arena y diez gaviotas.

Mediodía azulado y libre.

El mundo había llegado a disipar el problème.


La muchacha lograba adormecerse después del inquietante rendez-vous.

Muchos años lo había soñado incansablemente,

hasta que el momento añorado llegó a su dolorosa vie.


Mucho cambiaría con la llegada de Nadie.

Más allá de la tristeza, todo brillaría eternamente.


LUISANT
AUTORA: Laura Bursztein.


Luna única, instrumento solar, antes del amanecer, luisant.
Luminoso satélite, de una noche eterna.
Luna, luz intensa, apareces por las tardes, representando al amour.
Linterna universal, satélite nocturno, encaras la nuit con tu imponente belleza.
Luz instantánea, avanzas por la tarde y te topas con la noche, guiando al perdido y al dolido.
Lunita ansiosa, acompañas las noches tormentosas con una lumière intense.
Lucecita soñadora, naces todas las noches aunque a veces te escondas.
Luna inmensa, no abandones tu recorrido, sólo por esta noche.

LUISANT
AUTORA: Paloma Freire.


El único imán santo

los unía sin sanar tremendas heridas

lijaba su histeria atroz y cantora.

Latía, ululaba, insistente, paralizante, bleu.

Las empuja cuando inclinadas ante el balcón

luchan intentando salir contra la foule.

Luis anda torpe,

las lupas pisan sus tardes.  

VOITURE
AUTORES: Martín Borra Salomón, Esequiel Oshiro.
       

Vos, individuo torpe, usurpaste este corazón.

Violentamente irrumpiste nuestro equilibrio.

Voleur de Citroen, únicamente retrocederás

ante el valor innato, único y voraz de cet chevallier.


Vení, oí, Turra, eh, Bó,

viviremos al fin en terrible unión irrevocable.

Vendrán en malón inmensas tropas únicas de respeto, amor y fraternité.

Pero, ¿viste hoy, en tu interior dicha unión already heard?


Producción realizada en la clase de Plástica.
Consigna: describir en un cuento el dibujo realizado anteriormente.
Autora: María González Fernández.
Egresada: año 2009.

Maggie tenía doce años. Era una niña muy especial. Pero especial en serio. Su padre era un ovillo de lana naranja, su madre, una coqueta gata doméstica. Ella siempre había tenido muchos amigos dentro de su casa. Había jugado con todos los muñecos de ese gigante que vivía con ella y que le daba de comer a Lidia, su mamá. Ella le explicó que ese “gigante” era un niño común, como todos. Pero ella nunca había visto nada como él. Entonces Maggie le preguntaba dónde estaban los niños como ella, y su madre le respondía, una y otra vez, que ella era única, que ni en las calles encontraría algo semejante. Maggie no entendía… “Calle… ¿qué es calle?”, y se rascaba su nariz de botón que nunca supo para qué servía, pero tampoco le importaba. A ella sólo le importaba cantar. A veces Lidia le decía que usara esa boca tan grande y hermosamente remendada con un parche amarillo, para hacer lo que hacían todos: “comer”. Pero ella nunca había comido. Capaz porque no se sentía “como todos”, o capaz simplemente porque nunca supo lo que hambre significa. Había muchas cosas que Maggie no sabía. Pero ella sólo cantaba… Cuando los muñecos del “niño” dejaron de tener gracia, eso era lo único que disfrutaba hacer. Lo hacía en todos los lugares que conocía. Cantaba en el cajón de las medias, en el de las remeras, en el de los buzos (ése era su lugar favorito en todo el mundo, en todo su mundo). Le gustaba y se sentía cómoda, pero también se sentía sola. Se animaba cuando veía a Lidia jugar contenta con el niño, pero no entendía por qué ella no podía hacer lo mismo. Lidia siempre le daba explicaciones largas de las que ella sólo rescataba algunas palabras. Palabras como “diferente”, “miedo”. Pero Maggie seguía cantando e imaginando que tenía amigos que jugaban con ella y no conocían el significado de aquellas palabras.
            Un día Lidia se fue con el niño, y Maggie aprovechó para dar un paseo por la enorme casa. Cuando salió del ropero, una corriente de aire frío entró en la habitación del niño, quien cada vez era más y más grande, y ella no entendía por qué. El viento sacudió su melena violeta. Vio una ventana abierta. Sintió que por fin su vida cobraba un sentido, sintió que del otro lado de esa ventana se encontraba lo que ella buscaba: un amigo, otra forma de vivir, un lugar mejor para los ovillos con ojos. Y un lugar lleno de esa música que la hacía feliz. En ese momento empezó a pensar en lo que venía; imaginó los parques llenos de sol y flores que alguna vez le había mencionado su madre. Los imaginó llenos de ovillos y gatos y canciones. Intentó pensar en el sol y en las flores, pero viviendo tanto tiempo en un cajón, su imaginación nunca logró llegar muy lejos. Entonces se dio cuenta de que estaba despeinada y fea, y pensó que, seguro, en la “calle” todo sería mucho más hermoso. Maggie se peinó, se pintó los labios y los ojos con crayones. Se puso los aros de esa muñeca que siempre estaba guardada en uno de los cajones del ropero. No sabía por qué estaba ahí. Tampoco por qué a veces el niño la sacaba de su cajón, la miraba, le caían gotas de los ojos y la volvía a guardar, sin jugar con ella. Lidia le había dicho que esas gotas se llamaban lágrimas, y que llenaban los ojos de los niños tristes. Su madre sí que sabía mucho… Maggie nunca había llorado, pero sí se había sentido triste... Se miró a un espejo y le gustó lo que vio. La ancha sonrisa llegaba a sus ojos violetas. Se vio lista para dejar atrás los cajones y arriesgarse a intentar lo que siempre había soñado. Se sentía segura, se sintió mejor que nunca. Se trepó a la ventana. Por un momento sintió algo que no hubiera podido explicar, como un vacío en su panza, pensó en Lidia. Se asomó y sin pensarlo dos veces se dejó caer. El viento despeinó su pelo, y siguió cayendo… Los ojos se le enrojecieron, por primera vez sintió que lloraba, pero no estaba triste… Seguía cayendo y se sentía feliz. Y esa felicidad fue lo último que sintió, porque otra de las cosas que Maggie no sabía era que el niño vivía en el piso diez.


El epígrafe reza unos versos muy conocidos de Robert Frost, a quien el autor prefiere citar como R. F.
Autor: Felipe Devicenzi.
Egresado: año 2008.

LA INFANCIA ES UN DEPARTAMENTO VACÍO
                                                                                  ...and both that morning equally lay 
                                                                                  in leaves no step had trodden black...
                                                                                                                                       R. F.                                                
A mi Casa la llamamos siempre
por el nombre legal
    –las referencias eran anticuadas
o presidenciales, siempre ajenas–

de chico viví un poco ante la plaza Marcelo T,
viví en Tte. Gral. Perón aunque al margen de su tragedia
y solíamos decir estos nombres como evocando
los familiares que no volvemos a ver.

En mis sueños más tempranos, Alvear estruendoso y veloz
podía pasearse por los kilométricos pasillos de Casa
hasta bien entrada la madrugada y diciéndome, al oído,
solo olvidándome de la infancia               
pude conocer el mundo.

En mis sueños, El General resbalaba por los pisos laminados
de mi imaginación, y golpeando
y prendiendo fuego las camas de caoba, repetía
solo olvidando la infancia
puede concebirse el mundo.

También me bautizaron con un nombre callejero y presidencial
pero elegí desconocer sus honores    sus consejos     y olvidarlo.

De mi Casa hoy solo quedan 4 líneas de orquídeas
duras como huesos, el silencio venturoso
del olvido, también el agua vieja y estancada
de esos baños donde imaginaba ser Jean Cocteau, rompiendo
toda la noche sumergida, rompiendo
las profundidades de mi océano compacto.

También la huella gris de un reloj de roble
congelada sobre el triste empapelado.
Me acuerdo bien, cada medianoche de mi infancia
solía decirme al ras   Ustedes  4
son el Oasis sucumbiendo ante el Desierto.

Dejé mis llaves y todos esos años
en una caja oblonga donde guardo
los nombres de mis viejos que nunca veo
para no olvidarlos.

                                                                                                                            Bs. As., 8-10



Consigna: en grupos redactar un cuento policial de suspenso utilizando los personajes y elementos principales del “Diario de Ana Frank”.
Autores: Cecilia, Greaves; Daniel Lopes; Lucía Cancela; Brenda Cao y Sol Roa Andino.
Curso: 2° 1° T.M.

                                                           La agenda
El doce de marzo, su vida terminó. La enfermedad se había hecho dueña de ella. Pero… ¿cómo llegó a esas condiciones?, ¿dónde terminó?, ¿cómo fue que nadie se percató que la niña se estaba consumiendo tan lentamente?, ¿cómo se permitió tal ignorancia?
El detective estaba sentado en su sillón fumando el tan deseado habano, cuando llegó el padre y le hizo aquellas preguntas. Al irse, llamó rápidamente a Maurice, su amigo y fiel compañero de investigación y le dijo:
-Quería saber dónde estaba el cuerpo de su hija y nosotros vamos a encontrarlo-. Así, comenzaron una ardua búsqueda acerca del paradero de la niña. El primer día fueron a la casa de atrás, allí todavía quedaba aquel aire de angustia y soledad.
-¿Qué encontraste ahí? -dijo Maurice al ver una actitud de sorpresa del detective.
-Nada interesante… -respondió.
-Pues no te creo, vi que te sorprendiste. Déjame verlo -le contestó Maurice comenzando a subir el tono.
-Debo investigarlo. -dijo nervioso el detective-. Después te lo mostraré.
En ese instante, Maurice se abalanzó hacia él gritando que eran un equipo y que no debían ocultarse cosas, agarró el papel arrugado, amarillo y con manchas de humedad que tenía en la mano y comenzó a leer en voz alta:
-“Querida Kitty: hoy no tengo más que noticias desagradables y desconsoladoras para contarte. A nuestros amigos y conocidos judíos se los están llevando en grupos”.
-¡Alto! -gritó el detective-. Esto puede haber sido perfectamente algo falso y/o la niña pudo haber sido obligada a escribirlo. Tú eres muy pequeño, lo que pasaba en ese momento no era así. 
Maurice dobló el papel, lo guardó en su bolsillo y dijo que lo leería luego.
Se fueron.
Una vez en la oficina, Maurice le preguntó porqué se había puesto tan nervioso ahí dentro y el detective, moviendo los dedos de un lado a otro en señal de ansiedad y nerviosismo, respondió:
 -Creo que no debí aceptar este caso. Voy a llamar al padre para decirle que se lo encargue a otro. La muerte de una niña es demasiado.
-Si tu no lo quieres, yo sí. Estando en ese lugar sentí una terrible angustia, había mucha tristeza acumulada. Supongo que habrás sentido algo parecido.
-Creo que si estaban allí escondidos era por algo, debemos ir a investigar nuevamente. -respondió el detective enojado.
Esa noche Maurice se quedó solo en el estudio analizando aquel texto. El detective tampoco estaba en su casa, su paradero era desconocido.
Al día siguiente, llegó con una alegría completamente inusual en él.
-Creo que descubrí todo. -le dijo en tono de superioridad a Maurice-. Era simplemente mirar un poco más allá.
-¿Ah sí? –respondió-. Pues cuéntamelo, que esperas…
-Era tan sencillo, querido Maurice, simplemente debíamos analizar la situación un poco más. ¿Recuerdas que yo te conté que cuando vino el padre de la niña yo lo pedí algunos datos sobre la historia anterior a la muerte? 
-No creo que me lo hayas dicho. Pero prosigue. -interrumpió su compañero.
-Bueno, le dije que me contara porqué estaban allí escondidos y él, muy nervioso, respondió:
-Por judíos...
-Lo deje seguir pero claramente vi algo oculto en aquella respuesta. Ayer logré atar todos esos cabos sueltos. ¿Recuerdas que en el escondite tú me notaste un poco raro?, no era por aquella carta, sino por lo que había detrás.
-¿Qué había? –dijo Maurice soprendido.
-Otro papel, casi tan sucio y viejo como el que te quedaste. Decía:
-“¿Por qué nos has hecho esto, padre?”.
-No era la letra de Ana, pero dentro de lo poco que pude encontrar en aquel escondite había un cuaderno de Margot, su hermana y era una letra muy parecida a la de ella. Lo que demuestra que claramente por culpa del padre estaban escondidos allí. Por lo cual, el asesino fue él.
-¿No te parece bastante apresurado? -preguntó Maurice descolocado.
-Ay, Maurice, Maurice…Tienes todavía mucho por aprender. -respondió el detective con tono de superioridad-. Debes acostumbrarte a ver más allá. Obviamente lo que yo digo tiene pruebas que lo comprueban. Pero creo que confías bastante en mí como para hacerme caso, no es necesario que te exponga a ti el caso como se lo voy a exponer al Sr. Frank ni a la justicia. Si tienes algo en contra, dímelo, pero espero que tengas pruebas que la refuten. Si es simple intuición, hace mucho tiempo aprendí a no dejarme llevar por ella. 
-Pues sí, es simple intuición. Pero es una intuición muy fuerte, así que dejaré llevarme por ella y llegaré al fondo de esta cuestión. –dijo Maurice.
-Está bien, pero en esta estás solo compañero, no voy a acompañarte en la locura. Sólo te aviso que en tres días me reuniré con el Sr. Frank, si en ese momento no tienes tu hipótesis, lo lamento.
-Está bien. -dijo y comenzó a investigar.
El primer día fue al escondite, volvió con unas pruebas que no dejó ver al detective. A la noche del mismo día, tomó las pruebas del estudio porque, (supuestamente), las quería analizar en otro lugar.
Al día siguiente, apareció más cansado, claramente no había dormido. El detective no estaba en el estudio. Maurice tomó su agenda y se fue. No se sabe dónde, pero llegó el tercer día.
A las siete de la tarde se debían encontrar con Otto Frank. El detective le había dicho a Maurice que si quería presentar su hipótesis debía hacer un informe, de lo contrario la investigación parecería poco seria. Daba la impresión que quería retrasar la investigación, que quería que su hipótesis fuera la única; pero de todos modos, Maurice hizo el informe.
Siete p.m. Llegó Otto Frank. Detrás de él, Maurice. En una habitación llena de papeles, con tres sillas dispuestas en ronda y un olor a habano insoportable. Comenzó la charla.
Inmediatamente, se paró el detective, levantó los hombros, ensanchó el pecho como tomando fuerzas y empezó a hablar:
 –Sr. Frank, con todo el respeto que se merece, o no. Yo creo que usted es el culpable. -dijo sin dar más vueltas. Habló media hora de corrido, exponiendo pruebas, tanto exámenes de caligrafía como cuadernos viejos de Ana. Y repentinamente, calló. Otto, muy tranquilo dijo:
-Se me ha acusado de muchas cosas, hasta de peligroso para la sociedad, pero no permitiré que me llamen asesino y menos de mi propia hija. Ambos saben lo que yo viví y esto me parece una falta de respeto.
-Tranquilo… -dijo Maurice exaltado y ansioso-. Creo que llegó el momento de exponer mi hipótesis.
-Usted conoció a Ana, compañero. -le dijo al detective-. ¿Miento? No sólo la conoció, sino que la vio poco a poco consumirse. -el detective saltó de la silla pero inmediatamente Maurice lo frenó y dijo:
-No necesito que me conteste, déjeme hablar a mí…El primer día de investigación, usted estaba un tanto nervioso. Fuimos al escondite y no había mucho más que angustia acumulada. Simplemente encontramos esto. -agarró la carta y se la dio al padre-. El detective estaba bastante nervioso y ahora comprendo la razón. Cada vez que podía me aclaraba que si estaban allí era por algo y que esos escritos podían ser falsos. Pues bien, hace dos días volví a ir  a las habitaciones de atrás. Mágicamente había muchos escritos escondidos, demasiadas pistas que no había visto la primera vez que fui.  Los agarré igualmente. Estuve toda la noche analizándolos y separé los que parecían falsos de los que no. En una fila había diez escritos y en otro uno. Dejo a su criterio cuáles eran los falsos. Me dí cuenta que alguien había puesto esas nuevas pruebas allí y, por más que me duela aceptarlo, lo más probable es que haya sido el detective. Llegué a esta oficina e investigué aquí. No quise revolver mucho para que no se notara, simplemente me lleve su agenda.  Me tomé el trabajo de llamar a cada contacto. Curiosamente, el ochenta por ciento eran ex nazis. El cinco, había muerto en la guerra y el quince restante, eran clientes. Le dije a uno de los ex nazis que quería encontrarme con él, pues yo también lo era y quería recordar aquellos momentos de esplendor donde los arios reinábamos. De allí vengo. Le dije que era compañero suyo, detective y me preguntó rápidamente:
- ¿De Berguen-Belsen?
-Sin entender mucho respondí que sí. De inmediato, me llenó de elogios sobre usted, me dijo que era un gran luchador por la causa y bastantes otras cosas aún más desagradables. Por lo que, compañero, creo que usted no solo conoció a la niña allí, sino que la dejó morir.
El detective desesperado le gritó en la cara, quiso salir de la habitación corriendo y lo detuvieron.
-Lo último que diré. -señaló Maurice-. Aunque es bastante obvio, creo que su hija está en Berguen-Belsen. Lo acompañaré allí con la ficha odontológica de la niña y podremos recuperarla.
Otto, con los ojos llenos de lágrimas, abrazó a Maurice. Miró con desprecio al detective y se retiró. Maurice, por otro lado, se retiró sin mirarlo a los ojos.
Al día siguiente, el detective apareció muerto en su estudio. Con un arma en la mano, una carta de despedida y con indicaciones para buscar las cartas faltantes de la niña.
Maurice las buscó y se las dio al padre.
Meses después, encontraron el cuerpo de la niña. Otto organizó un funeral donde leyó partes de su diario y así, pudieron despedirla como se merecía.