Cuento realizado a partir de lecturas, actividades de clase y el Taller de Lengua, Gramática, Expresión y Creatividad (2012).
Autora: Zoe Fahrer.
Curso: 3°2°
ESTELLA MARIS Y KEVIN.
Con chancletas, vestido de entrecasa y maíz
en mano, se aproxima al fondo del patio trasero, en el que las gallinas cluecas
cacarean. Arrastra los pies mientras piensa en su nene quien debería estar
alimentando a las gallinas en su lugar; pero, claro, había salido en el horario
de la siesta con ésos a los que llamaba amigos ¿Que no se daba cuenta de lo
preocupada que esa gente tenía a su madre? Ella sabía, ya que había vivido más
años que él, cómo se comportaba la gente ''del otro lado de la vía''. Eran soberbios
y sólo estaban usando a su pobre Kevin como objeto de burla, para resaltar su
superioridad. Claro, si se alimentaban de eso. Y estos pollos no se corrían. Al
abrir la puerta pateó a un par, al tiempo que, por lo bajo, seguía refunfuñando
en contra de su hijo. De repente, calló.
—Ésa,
sí, la misma, está embarazada de un bastardo, estoy segura. —Una voz se escuchaba
a través de la medianera. — ¿Por qué creés si no que habría de haber escapado a
la ciudad? Se enganchó a ese gaucho bruto, sí, el negro ese y quedó embarazada
nomás, una vergüenza, una egoísta ¿Qué va a pensar la gente? Pobre la madre,
Doña Tota, una deshonra. —Más voces se le unieron en un murmullo general.
Estella Maris acercó la oreja al fondo del gallinero, no sin antes cerrar la
puerta, no fuera cosa de que se diesen cuenta de que no había salido de allí.
—Pero si te digo,
Inés, que era todo mentira. Ésa aprovechó, Dios me libre, la enfermedad de su
madre. Yo siempre supe que estaba pretendiendo, claro, pero nadie me creía,
para heredarla, pobre mujer, que el señor la tenga en la gloria ¿Si no ves que
ésa es gente de dinero? Mirá quién no iba a querer heredar a la pobre, que lo
único que tenía, aparte de su fortuna, era su lorito y un marido alcohólico. La
muy desgraciada de la hija la mató, no cabe duda, y usó la plata para comprarse
un departamentucho allá en Capital, y de seguro se enganchó algún ricachón soberbio
que la convenció de que acá no se vive bien, como si entendiese algo. Acá somos
todos buena gente.
Estella Maris
agradeció que su hijo hubiese salido con sus amigos a pasar la tarde. Casi casi
que se le escapa una exclamación dirigida a la hija de La Tota: ella sabía que
había algo raro en esa muchacha, nunca le había encontrado la vuelta, siempre
demasiado sonriente. Cesó el hablar consigo misma, pues se estaba perdiendo
parte del relato. Casi alarmada atendió más que nunca, la cosa se ponía jugosa.
— ¿Vos decís que
fue así? A mí me llegó otra cosa. La muy ambiciosa empezó a verse con el que le
compró el mercadito al Tucu y se aprovechó de él para agrandar el negocio y
hacerse unos pesos. Si el flaco ese vivía de este lado de la vía…, el muy
chanta se mudó para allá y se compró una camioneta, de esas bien grandes, andá
a saber para qué la usa, toda negra, hasta los vidrios. Para mí que esconde
algo.
Stella
Maris estaba tan fuertemente apoyada sobre la pared, que la presión de su oreja
y de sus manos contra ella podría haberla derribado. Chistó a una gallina que
cacareaba histérica. ¿Que no se daba cuenta de que no la dejaba oír? Pajarraco
horrible, solo servía para poner huevos…
—Mejor
vayamos entrando, Ina, sé buena, agarrame la fuente que estoy muerta yo.
Rápido, no vaya a ser cosa que los vecinos se empiecen a despertar y alguien
escuche algo. Eso sí, lo que se habló acá, queda entre nosotras. Chicas, si
Segundo se entera de que estuve contando estas cosas me despacha al galpón, prométanme
que nadie cuenta nada.
—No te preocupes
Rosita, aparte sabés que acá al lado vive la viuda esa, la Estella Maris, así
que mejor vayamos apurando, que se dice que es una chismosa.
Al otro lado del
gallinero, se oyó un quejido. Las mujeres levantaron rápidamente la mesa del
té, tirando las miguitas de los pastelitos al suelo para que las comieran los
pajaritos.
Cuando se aseguró de
que ya no se perdería más detalles, Estella Maris entró indignada a su hogar,
pateando a su paso al gato, de cuyo cuello colgaba un cascabel que tintineó
suavemente.
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—Ay Claribet, no sabés la que te tengo, te me caés acá muertita. ¿Ubicás
a la hija de Doña Tota, ésa que siempre andaba sonriendo por ahí? Bueno,
resulta que, viste que no era muy agraciada la pobre, es hija bastarda de un
Don Nadie con el que se encamó Tota un verano en Mar del Plata. Claro, nunca la
quiso mucho a la criatura, tiene razón también, es una deshonra para la
familia. La cuestión es que era bastante mutuo el desprecio, y viste que Doña
Tota andaba medio mala de salud… ¿A que no te imaginás lo que hizo la
desgraciada de la hija? Aprovechó y la mató, sin piedad, solo por goce, ni que
Tota hubiese sido gente de dinero, ¿nocierto?
No solo eso, sino
que, como si fuera poco, se enganchó con uno de allá, un empresario de Capital
que le compró un dúplex y una camionetota de esas que se usan para ir a la
playa. Ahora se mudan para allá juntos, ¿vio? Una sinvergüenza resultó ser,
como si la pasase mal acá, todos siempre la ayudamos con lo que necesitaba, y
ella, ni lo agradece. A mí ni me vino a despedir, y se va hoy a la tardecita
¿Vos decís que se pasará? Tal vez un ratito al mediodía, seguro espera que la
invite a comer, siempre espera que le andemos dando y dando, ella por no gastar
nomás, ¿No te parece?
—Ay, Maris, no te
puedo creer lo que me decís, ya me parecía que había algo raro ahí, es una cosa
de no creer...
Cuento realizado a partir de una consigna dada como trabajo práctico durante el tercer trimestre de 2012.
Autor: Brian Yang
Curso: 5°1°
Profesora a cargo de la actividad: Gabriela Iraolagoitia.
De Amores y Otros Espejismos
“Me hice hombre de esa
manera
bajo el más duro rigor;
sufriendo tanto dolor
muchas cosas aprendí;
y, por fin vítima fui
del más desdichado amor.”
José
Hernández, Vuelta del Martín Fierro.
Su nombre era Lucía, pero ya nadie le decía así.
Ahora la conocían por Micaela, la de los ojos verdes y las tetas descomunales.
Si la gente le preguntaba, ella tenía que decir que tenía dieciocho, porque si
Mariano descubría que había revelado su edad, venía y la golpeaba hasta dejarla
inconsciente. Micaela tenía un cuartito diminuto donde trabajaba, pero raras
veces podía descansar en él. A cada rato venía un cliente y tenía que
atenderlo, y cuando acababa con uno, inmediatamente llegaba otro. No le quedaba
opción. Mariano se lo había dejado clarísimo: si no juntaba al menos doscientos
pesos por día terminaría en la calle, y ella sabía que la calle era mucho peor.
Ella no conocía a nadie de la ciudad, ya que se había mudado hacía poco para completar
sus estudios. Pero tampoco tenía suficiente plata para mantenerse, así que la
única solución posible se la estaba dando Mariano. Era muy desgastante tener
que trabajar durante toda la noche, y su empleador le decía siempre sonriente
que había juntado más del mínimo que le imponía y que ese extra se lo estaba
guardando a ella para que, cuando tuviese lo suficiente, pudiese vivir por su
cuenta. Pero de eso hacía un año. Ya no tenía que esperar atenta, ahora tenía
un grupo reducido de clientes habituales con un horario fijo. Era lunes.
Primero vendría el ruso gordo que según él, estaba casado, pero su mujer no le conseguía
satisfacerlo. Luego vendría el rubiecito petiso que tenía un fetiche con las
cuerdas. Y por último, vendría Diego. Ah, Diego. Él era diferente. La trataba
bien y no la obligaba a hacer cosas que no quisiese, siempre era cortés y
preguntaba primero si quería hacerlo de esta o aquella forma. Micaela esperaba
ansiosamente la llegada de Diego, a tal punto que, el lunes anterior, el ruso
se había quejado de que había quedado insatisfecho. Pero a ella no le importaba.
Sólo tenía ojos para él.
Su enamorado llegó a la hora prevista. Luego de que
acabaron, ambos desnudos en la cama, justo cuando se estaba por quedar dormida,
Micaela le susurró al oído: “Te amo, Diego. Te amo con todo mi corazón”. No
llegó a entender la respuesta completa, pero llegó a entender algo parecido a “…
pero si sos una puta”. Cuando despertó, su amor ya se había ido y sobre la
mesita de luz la esperaba un fajo de billetes que incluía una muy generosa
propina.
Diego nunca más la volvió a visitar. La única vez
que lo volvió a ver fue en la calle, pero ambos miraron para otro lado y
pasaron uno junto al otro sin decir nada.
—Dale, Dani, decime al menos cómo fue.
Aunque
fingía dudar entre contarlo o no, yo sabía que lo iba a contar. Antes de
empezar se acomodó en el sillón y carraspeó:
—Y… mirá, no fue gran cosa… Vivi se fue para su casa
a eso de las cuatro. El Tano, que la tiene fichada hace banda, le ofreció
llevarla en el auto por el calor que hacía, y ella dijo que sí. Entonces
quedamos la Naty y yo solos. Éste era mi momento, el que venía imaginando y
reimaginando desde que la vi entrar con su minifalda y su blusita rosa que le
queda tan apretada…, pero el que se queda sin respiración es uno. Obvio que
teníamos que estar laburando así que apuré mis papeles y salí al bar de la
esquinita, ése que tiene pegado en la pared detrás del mostrador banderines de
fútbol. Y como de pasada, así, medio inocentón, le pregunté: “¿Querés que te
traiga algo?”. Me tiró un vago “No, gracias”, así que me fui a merendar y volví
a la media hora, más o menos. Antes, compré en la florería de la esquina un
ramito de esas flores violetas que a todas las minas les encantan. Y justo
cuando me acerco al cubículo de la Naty, aparece el Tano, que se había olvidado
las llaves de la casa y se había quedado charlando con Naty, pero justo ella se
había ido al baño. El Tano, macanudo como siempre, me sonrió y se fue, no sin
antes guiñarme un ojo y articular con los labios un “winner”. Cuando ella vuelve,
le ofrezco ayuda con sus papeles porque, si no, no se iba a ir hasta que
envejeciera y dejara de ser tan linda, así se lo dije. Ella se sonrojó pero
hizo como si nada y siguió trabajando. Y por como media hora seguí tirándole
piropos cada vez más zarpados hasta que en una, no sé qué dije pero se levantó
de golpe, como ofendida, y se acercó con pasos furiosos. Entonces hizo lo
último que iba a esperar que hiciera: me
besó.
—¡Noo! Es joda lo que estás contando —interrumpí con
sorpresa.
—No, para nada. Viste que las minas son así medio
jodidas. Cuando uno las trata bien, nos reprochan que no les dan suficiente
tiempo, que preferimos salir a jugar al fútbol con los pibes o hacer un asado,
o incluso que les estamos siempre encima. Y cuando no les damos pelota, se re
hacen la cabeza pensando que es una estrategia para que sí nos den bola.
—Cierto, cierto —dije con un tono pensativo—. Ya te
conté lo que me pasó con Vero, ¿no?
—Sí, la verdad que sí. Pero Vero era diferente.
Bueno ¿querés que te siga contando o qué?
—Sí, perdón.
—Bue, en realidad, no queda mucho. Lo ideal sería
que hubiésemos terminado en un telo… Pero la tenía que cagar el Tano, que accidentalmente, por quedarse hablando
con Naty, se había vuelto a dejar las llaves. Y ahí murió todo.
—Forro tenía que ser el Tano, ¿eh?
—Y sí. Ahora me quedó la calentura.
—Vamos para lo de Pistro Blou,
que ahí te sacás las ganas.
Minuciosamente, Pablo Cruz, más conocido como
Palomigni en el mundo del arte, retocaba su obra maestra. Finalmente, había
conseguido su mayor ambición: una estatua de figura femenina que estuviese tan
bien tallada que parecía que en cualquier momento echaría a andar. Después de
refinar los detalles de los dedos, se alejó unos pasos para admirar su trabajo.
Sí, pareciera que en cualquier momento la cabeza, torcida ligeramente hacia la
derecha, volvería hacia él y lo deslumbraría con su sonrisa. Desde hacía años
que soñaba con ella. Sabía que existía; solamente, no la había encontrado. Pero
el mayor trabajo no fue tallarla, sino encontrar el enorme bloque de mármol
donde estaba oculta. Porque Palomigni sabía que un escultor no crea algo a
partir de un pedazo de piedra, no. El escultor en realidad libera esa figura
que se encuentra camuflada adentro. Pero el trabajo es lento, para no dañar la
imagen perfecta que se encuentra escondida.
Ahora que la veía frente de sí, creía estar en un
sueño. Era tan hermosa, tan perfecta. Estaba desnuda, aunque con una mano
cubría su entrepierna y sus senos estaban tapados por el cabello. Absorto en
sus meditaciones, no se dio cuenta de que la gente que pasaba, se detenía a
admirar su obra maestra. Uno se le acercó para preguntarle si estaba a la
venta. Palomigni contestó que no, que eso no iba a ser posible. Ella tenía que
ser suya. A medida que fueron pasando los días, las ofertas de compra que le
hacían se hacían más numerosas y el amor que sentía por ella iba cotizándose en
alza. Harto, se encerró con su estatua en un pequeño departamento, lejos de
quienes pudiesen estar interesados en comprarla. Se esparció el rumor de vieja
en vieja en las peluquerías, en las puertas de los edificios, en las charlas de
supermercado, que el nuevo inquilino era huraño, que salía únicamente para
hacer compras, y que se lo veía entrar con vestidos nuevos aunque no viviese
con ninguna mujer. Se creyó que al hombre le gustaba trasvestirse. Pero lo que
nadie sabía es que Palomigni compraba los vestidos para su amada estatua.
Trataba una y otra vez con cada vestido, pero nada parecía quedarle bien: lo
único que conseguían era resaltar su desnudez. Finalmente la dejó desnuda. Pero
lo que nadie hubiera podido siquiera llegar a sospechar eran los cuidados que
le prodigaba a su amada estatua. Todos los días, al despertar, la besaba y la
acariciaba. Le ofrecía miel, uvas y otras frutas dulces, y por las noches, bajo
la luz de la luna, le recitaba poemas de amor. Pero siempre había tenido que
contentarse únicamente con la fría mirada del mármol.
Pasaron meses, y Palomigni no volvió a esculpir
nada. Y todo habría terminado ahí, si no se hubiese obsesionado a tal punto de
desear que su estatua fuese una mujer de verdad. Oró a los santos, a Dios Padre,
a la Virgen María, a Cupido, y a todos los dioses que se le cruzaron por la
cabeza. Imaginó que la única que se dignaba a responderle fue Afrodita, quien
se compadecía del joven. Ella ya había hecho un favor similar muchísimo tiempo
atrás a un ancestro de Pablo Cruz. Él sabía que la esposa del horrible cojo
sentía debilidad por los amores dispares e imposibles. Mientras Palomigni
dormía, Afrodita posaba un dedo la sobre la estatua, que yacía acostada al lado
del escultor.
Inmediatamente, apareció un leve rubor en las
mejillas de la estatua y sus cabellos empezaron a tomar un color castaño.
Después de media hora de lenta transformación, la estatua cobró vida. Ella se
levantó de la cama, mirando todo como si fuese nuevo. Se asomó por la ventana,
y esperó a que despertara su amante, quien aún dormitaba, ignorante a todo lo
que había sucedido. Mantuvo fija la vista en la luna mientras iluminaba la
ciudad. Sintió un ruido en la cama y le sonrió a un desconcertado Palomigni,
que acababa de despertar:
—Buenos noches, querido. Ya está alta la luna, ¿qué
poema me vas a leer hoy?
De más está decir que el antecesor de Palomigni era
ni más ni menos que el famoso Pigmalión.
Cuento realizado a partir de una consigna dada como trabajo práctico durante el tercer trimestre de 2012.
Autora: Morena Cañete Palacios
Curso: 5°1°
Profesora a cargo de la actividad: Gabriela Iraolagoitia.
Figurita repetida
«Los chicos jugaban en la vereda hora tras hora,
y seguramente
ése sería el mejor recuerdo que habrían de tener años más tarde,
cuando
la adultez los sorprendiera...»
Gilda Manso, “Hermandad”.
Libertina fijaba su mirada en
el frasco de mermelada que había descansado sobre la mesada de la cocina
durante media mañana. Qué bien se veía el día. La verdad, una maravilla que
volviera el calor.
A
veces Mario la buscaba para pasear por la calle adoquinada de Bolívar y Chile.
Se decía que Libertina lo volvía loco pero de eso él no hablaba. La vida
cotidiana en San Telmo se repetía y se repetía, día tras noche. ‘Las lunas
siempre suceden a los soles’ era la
muletilla que Libertina usaba para acotar cualquier tipo de conversación.
—Menos mal que te gusta la astrología y a mí lo
redondo de los planetas —dijo Mario una vez, mientras fotografiaban el reflejo
del agua inquieta de Puerto Madero.
—Monigote, ¿cuánto de velocidad tenía que meterle
al diafragma 5.6? —preguntó ella, ignorándolo por completo.
—Si serás, Tomatina…
Dicho esto, Mario tomó la cámara de aquella chica
que nunca respondía a sus cariñosas acotaciones, que nunca supo bien cuál etiqueta
era la apropiada para denominar aquella relación de tantos años, que tanto
ignoraba todo lo que fuera ajeno a ella.
Años más tarde, Libertina se hallaría sentada en
su acostumbrado sillón de mimbre, lamentando el no haberse dado cuenta a tiempo
de todo el amor que ese chico ―a quien sólo había dedicado horas de meriendas,
paseos, cartas y fotografía― insistía en brindarle, y al cual ella jamás había
pensado en corresponder, no por malvada sino por vivir con la cabeza entre las
nubes.
Cuando el padre de los mellizos Gutiérrez
festejó su sexagésimo cumpleaños, todos los vecinos del barrio, sin
excepciones, fueron invitados a celebrar a su casa. Era tal la concurrencia que
se esperaba para aquella víspera que Ariadna, la primera melliza en nacer,
pidió a Mario que se encargara de juntar sillas suficientes para que todos
pudieran estar cómodos, ya fuera puertas adentro como en el patio de entrada.
Éste, como íntimo amigo de Nilo ―mellizo de Ariadna―, no podía hacer otra
cosa más que llevar a cabo dicho favor. ¡Qué bronca! ¡Siempre de acá para allá,
enganchado con las tareas más aburridas! El pobre prefería contar uno por uno
mil carbones para usar en la parrilla antes que ir de puerta en puerta pidiendo
sillas. No veía la hora de juntarse con Libertina y verle las pecas de la
frente. Todo era cuestión de tres cuartos de hora para encontrarla en la
heladería de siempre, donde ya eran habitués.
A veces la mermelada
no es suficiente para las galletas, dijo la madre de Libertina ―quien, por
cierto, era una de las pocas mujeres con mirada inocente y pícara del barrio―
mientras untaba metódicamente con una cuchara de postre la superficie de una Criollita. “Hace falta un poco más de
variación, más nutrientes. Quizás un poco de chía les sentaría bien”. Su hija
no le prestaba atención: consideraba que la mermelada no poseía imperfección
alguna entre sus cualidades de dulce. Muy por el contrario, Libertina vivía
prácticamente de ingerir cantidades extraordinarias de dicho engrudo frutal y
no podía imaginar salir de su casa sin antes desayunar semejante alimento
majestuoso. Nadie entendía el comportamiento de su estómago ya que era tan
delgada que el hecho de que consumiera tanto dulce tenía muy poco sentido.
Claramente lo más lindo de la mermelada era su consistencia, seguido de su
pegadiza traducción en francés: confiture.
A Libertina le fascinaban tanto los confites como el francés; y si además ambas
dos cosas se fusionaban y se convertían en mermelada, de ningún modo podía ser
otra su palabra favorita.
Una vez llegada la fiesta en
casa de los Gutiérrez, Libertina se encontraba hablando con Ariadna en las
escaleritas del hall de entrada.
Aquella se preguntaba cuándo llegaría Nilo acompañado de Mario, que cómo podía
ser que tardara tanto si había cosas importantes que arreglar para ir a la
Reserva Ecológica y quién se creía el otro para no haber aparecido en la
heladería a la hora convenida. “¿Dónde se habrán metido?” pensaba la de pecas,
al tiempo que ignoraba muchas de las cosas que le decía su amiga.
—Mario es atento; vos, una
distraída de aquellas —decía Ariadna en su carácter de confidente. Tenés que
ser más viva, nena. ¿En qué cabeza entra que con tan buen partido, no des
bolilla a semejante oportunidad? ¡Qué piba!
—Ari, yo te quiero mucho pero
hablás como si él estuviera enamorado de mí y sabés muy bien que no es así.
Nosotros no somos pareja. Compañeros de aventuras, sí. Eso sí. Pero pareja no.
—¡Si serás testaruda, mujer!
—replicó.
Apenas Libertina lo vio venir,
se empezó a morder las uñas pensando en posibilidades del número cuatro.
“Cuatro. Cuatro. Par, dos pares, medias. Cuadrado, cubo, arista, Ariadna
hablando sin parar y cuatro de nuevo”, analizaba hasta confundirse en un sinfín
de cosas relacionables con dicho número. ‘El dibujito del cuatro es como una
silla invertida’, eso debe ser. Mario y sus malditas sillas. Qué buen título
para un corto de diapositivas. Apenas su copiloto abrió la puerta del portón,
esperó sentada en una hamaca que estaba colgada de una tipa
y se echó a llorar precipitadamente. Mario inclinó la cabeza, lo que la hizo
sentir entendida. Parecía como si pudiera leer su pensamiento, como si la
conociera tanto. Como si pudiera asegurar con sus gestos los pensamientos
retorcidos de la diosa de la mermelada. Era una sensación cálida, dulce, que se
instalaba poco a poco en su estómago. Casi tan palpable como las cartas cuando
jugaban al truco los domingos después del almuerzo en el jardín de Doña Rita.
Una noche, cumplidos apenas
sus treinta y cuatro años, Daniel Gutiérrez despertaría de una pesadilla. La
Reserva Ecológica se había incendiado hasta colmarse de ceniza. Su madre,
Libertina Lagos, jamás le descifraría el significado de aquel mal sueño, por
miedo a despertar traumas añejos.
—Basta de fotogramas, de
cartas, de paseos y de jugar a ser grande. Es hora de que crezcas de verdad y
trabajes. Cualquier cosa que no traiga dinero a esta casa es una pérdida de
tiempo
—decía diariamente el padre de Mario a la hora de cenar, cuando Libertina ya no
estaba presente. Su hijo pronto comenzó a trabajar en el almacén del Turco que
estaba sobre Tacuarí al seiscientos y, una vez que se disculpó ante las pecas
de Libertina, dejó de frecuentarla en su heladería convencional, de prestarle
sus libros de rimas y sus canicas, su papel fotográfico, su caleidoscopio del
Barrio Chino y sus figuritas.
Libertina lo buscó y lo buscó
todos los mediodías de julio, todas las mañanas de agosto, todos los atardeceres
de septiembre entre todos los jacarandás de la primavera. Buscaba sin
cansancio. ‘Las lunas siempre suceden a los soles, las lunas siempre suceden a
los soles, las lunas siempre suceden a los soles’. Algún día sería el día,
estaba segura.
Vieja, el sillón de mimbre
está gastadísimo, dijo su hijo Daniel un poco cansado de que su madre pasara
tantas horas rememorando dolores de años lejanos. Y Libertina pensaba que sí,
que la verdad sería lindo pintarlo de cereza. Después de terminado el almuerzo,
iría donde Julieta Villalba para comprar una lata de pintura color confiture. Cuando llegó, un joven de
unos veintipico de años le recordó a Mario a esa misma edad. Movía las manos de
la misma manera, parecía desplazarse como en otro tiempo y espacio, como si perteneciera
a la imaginación de la ya cincuentona Libertina. Le sorprendió que eligiera el
mismo latón de pintura ya que era el único cuya marca estaba en francés: una
etiqueta brillante y amarilla con la inscripción Nature adornaba su parte frontal. Atinó a preguntarle si el Pont-Saint-Michel no le daba ganas de
grabar ese y sólo ese puente durante dos días completos y hacer un largometraje
borrador para ver los sábados. El chico la analizó desorientado, pero en su
mirada había algo que le decía que la comprendía, algo que le aseguraba una
especie de transmisión mental, algo idéntico a la calidez y dulzura que el
Mario del pasado le producía en el estómago. Y súbitamente, tuvo la sensación
de haber visto antes esos ojos, de haber tocado ese pelo oscuro y de haber
pegado flores en esas orejas. Necesitaba respuestas inmediatamente. ¿Qué hacía
Mario en un lugar como este? ¿Por qué se veía así de joven si pasaron más de
veintinueve años desde la última vez que estuvo por el barrio? Y finalmente
volvió a lamentarse acerca del pasado, a castigar su inoportuna falta de
atención hacia aquel copiloto que siempre había estado para apoyarla. Lo
cotidiano constituía un recuerdo hermoso si se relacionaba con Mario y sus
cartas, sus figuritas, sus paseos, su
reflejo en el agua de Puerto Madero y sus sillas, y lo redondo de sus planetas.
“Qué bueno que me gusta la astrología”, pensó mientras una sonrisa se dibujaba
en su rostro. No llegaba a entender por qué no le había dicho nunca un
‘Monigote, quiero ser tuya’.
Pronto comprendió que ese
muchacho era hijo de Mario y no pudo evitar desilusionarse. Conversó con el
chico durante quince minutos más y luego le preguntó si su padre accedería a
verla algún día para tomar unos mates y recordar viejas aventuras. Él no supo
qué responder pero le anotó la dirección en el papelito de la factura.
Ahí estaba ya la casa. Oyó
susurrar los grillos en el jardín de la entrada. Sintió la necesidad de que los
acallaran las estrellas del cielo al ver que sus grillidos se le instalaban en
sus sensibles oídos. Mientras caminaba hacia el imponente portón, se quedó en
la mitad del sendero y relajó la mente, suelta, como si ésta hubiera huido.
Tomó valor y siguió. Apenas
logró pisar la alfombra que le dio la bienvenida, un intenso sentimiento de
nostalgia invadió su cuerpo. Ya nada sería lo mismo, ambos se habían separado
de su mundo de aventuras para sumergirse en aquella faceta extraña conocida
como adultez. Cada uno se había juntado con otra persona, había conformado su
propia familia y, para colmo, en barrios distintos. Ignoraba por completo dónde
había estado Mario durante ese largo período de veintinueve años, lo cual la
incomodaba lo suficiente como para que su propio cuerpo intentara inhibir su
entrada a esa morada. Oyó pasos acercarse. Repentinamente, recuperó su voluntad
de averiguar lo qué había vivido su Don
Quichotte y se precipitó de lleno sobre el timbre. Una voz infantil acudió
a su llamado y, pocos segundos más tarde, una delicada niña ―que no
tendría más de ocho años― apareció para recibirla con un oso de peluche. La escena
enterneció de tal manera a Libertina que ésta no pudo controlar sus impulsos e,
inclinándose sobre sus rodillas, abrazó a la pequeña como si se tratara de su
propia hija. El osito no ofreció demasiada resistencia. Al rato apareció el
hijo mayor y la invitó a pasar al comedor. Ahí se encontraba un Mario distinto,
cuyos rasgos podían haber cambiado con el tiempo, pero conservaban aun así el
espíritu joven de sus años mejores. Mario pareció sorprenderse al volver a verla.
Y, claro, pasado tanto tiempo, los astros suelen desajustarse un poco.
Autores: Ignacio
Monteagudo Tejedor e Ignacio
Mozetic.
Curso: 5°2.
Profesora a cargo de la actividad: Lucía Agulló.
LA CULTURA ERRANTE DEL
MARGINAL EN LA ARGENTINA
De
gauchos malos, crotos, linyeras y pibes chorros
Una Introducción sobre
el marginado y la policía
Karl
Marx plantea que la historia es una constante lucha de clases, y que las
sociedades están divididas en dos clases antagónicas. En la Edad Media, eran
los siervos y los feudales; hoy son la
burguesía y el proletariado. El mundo está dirigido por una clase dominante; el
resto de la sociedad tiene que adaptarse a ser el engranaje que el capitalismo
necesita. El estado es el garante de las ganancias de la burguesía. Todas sus
políticas están destinadas a asegurar que el empresario gane y el trabajador
consuma.
El Estado es producto y
manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase. El
Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en el que las
contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la
existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son
irreconciliables.
La
afirmación de Lenin es la síntesis perfecta para una explicación de la
existencia de clases antagónicas. Pero quizá por las particularidades
históricas de la época, o quizá por un intento de colocar al proletario en un
plano idílico de perfección que no se corresponde al cien por ciento con la
realidad, los comunistas tradicionales
omiten hablar sobre el excluido, el marginado del sistema.
La
Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional distingue dos
vertientes en la aplicación de políticas represivas por parte del Estado.
Una de carácter
“preventivo”, cuyo objetivo es aplicar el control social a los sectores
objetivamente interesados en cambiar el injusto estado de las cosas, y que por
lo tanto se descarga de manera indiscriminada sobre los más pobres y en
particular los más jóvenes, que son así disciplinados, en el respeto al orden y
la autoridad. Son sus herramientas más frecuentes el gatillo fácil, las
torturas y las detenciones arbitrarias, acompañadas por el “sobreseimiento
fácil” judicial.
La segunda, de carácter
“retributivo”, está destinada a los mismos sectores en sus segmentos
organizados, y se aplica de forma selectiva a organizaciones y militantes
populares. Utiliza dos herramientas esenciales, la represión directa bajo la
forma de ataque a movilizaciones y manifestaciones, el secuestro y tortura de
militantes, las amenazas y aprietes, etc., y la criminalización de la protesta
y del activismo político en sus dos carices, el primario a cargo del poder
legislativo y el secundario, administrado por jueces y fiscales.
El
Capitalismo cuenta con dos formas principales de represión. Si alguien roba
para comer, o si trabajadores hacen huelga por mejores condiciones de trabajo,
la policía recurrirá para, a fuerza de bastones o incluso balas, normalizar la
situación a favor del Capital. Pero es la cultura impuesta desde la escuela,
desde la iglesia, desde la publicidad, la que día a día, casi imperceptiblemente,
nos ata al sistema.
La rebeldía contra esta
influencia natural de la sociedad es mucho más difícil para el individuo que
la rebeldía contra la sociedad oficialmente organizada, contra el Estado,
aunque a menudo sea tan inevitable como esta última. La tiranía social, a
menudo aplastante y funesta, no presenta ese carácter de violencia imperativa,
de despotismo legalizado y formal que distingue a la autoridad del Estado. No
se impone como una ley a la que todo individuo está forzado a someterse bajo
pena de incurrir en una sanción jurídica. Su acción es más dulce, más
insinuante, más imperceptible, pero tanto más poderosa. Para rebelarse contra
esta influencia que la sociedad ejerce naturalmente sobre él, el hombre ha de
rebelarse, por lo menos en parte, contra sí mismo, pues con todas sus
tendencias y aspiraciones materiales, intelectuales y morales él mismo no es
otra cosa que el producto de la sociedad.
El excluido no es, o intenta no ser, parte
de la sociedad capitalista. No concibe el mundo como lo hace el capitalista, no
tiene la cultura de trabajar para que el patrón gane plata, no es consumista,
no tiene los valores morales que tiene el resto de la sociedad. El marginado
rompe esta barrera que construye la sociedad para llevar una vida en libertad. Las
fuerzas de seguridad fueron siempre el enemigo principal de este marginado
personaje, que, lógicamente sería la víctima predilecta de los abusos de su autoridad.
La
Argentina tiene una extensa tradición en estos antagonismos. Recorren casi sus
doscientos años de historia las disputas entre el gaucho y el ñato, el linyera con el vigilante, o el estereotipo de Pibe
Chorro con la yuta.
De Gauchos y Payadores
Mi gloria es vivir tan libre / como
el pájaro del cielo / no hago nido en este suelo / ande tanto hay que sufrir /
y naides me ha de seguir / cuando yo remuento el vuelo
(José
Hernández, Martín Fierro, 1872)
El
Estado argentino se empeñaría en usurpar las tierras ocupadas por indígenas.
Podemos comenzar el proceso en el gobierno de Rivadavia cuando contrata, para
exterminar a los indios Ranqueles, al coronel prusiano Federico Rauch, quien
sería degollado por el cacique ranquel llamado “Arbolito”. Más tarde, gobiernos
como el de Rosas o el de Sarmiento también se ocuparían de ganar terrenos
nativos, pero no fue hasta el gobierno de Avellaneda que se neutralizaría
totalmente la situación. El General Julio Argentino Roca llevaría a cabo uno de
los genocidios más importantes de la historia argentina, que luego se ocuparían
los empresarios acreedores de las tierras en soldar.
Al
principio les pagaban a (Mister Bond) y a sus compañeros de “faena” una libra
esterlina por cada “par de orejas” de indio que entregaban. Que como entre los
cazadores había algunos demasiado blandos de corazón, que a veces se
conformaban con cortar las orejas a sus víctimas sin matarlas, y como los
“patrones” se apercibieron de la trampa por haber visto algunos indios
desorejados, se cambió el sistema y desde entonces no se pagaba la “libra
esterlina”, si no a cambio de la cabeza, los testículos, los senos o algún otro
órgano vital de eso que constituía “la gran caza de la Patagonia.
Fusilaron,
torturaron, traicionaron, envenenaron, o en fin, simplemente, asesinaron a
millares de nativos, esclavizaron a otros cientos, y vendieron sus tierras a
adinerados latifundistas. Pero preguntémonos quienes eran los nativos. Vivían
en libertad, ignoraban el concepto de propiedad privada, y trabajaban lo que
podían y consumían únicamente lo que necesitaban. Darwin comentaba que los Onas
eran los seres más desdichados de la tierra a causa de su perfecta igualdad. Eran el antagonismo perfecto del ideal
emprendedor de esta oligarquía.
Pero
retrocedamos un poco. La literatura argentina se encontraba en sus comienzos,
completamente adherida a la política. Entre los primeros textos, encontramos El Matadero, de Esteban Echeverría, un
cuento crítico del régimen rosista. Encontramos la poesía gauchesca siguiendo
la misma lógica. Ángel Rama traza cuatro etapas de esta poesía que van
acompañando al contexto histórico. Desde la revolución de 1810 hasta la
asunción de Rosas es la primera; la segunda se da durante la lucha entre
unitarios y federales, centrando en su eje a la figura de Juan Manuel de Rosas;
la siguiente acompaña desde de la Batalla de Caseros hasta 1870, y sufre la
imposición del nuevo régimen liberal; y por último, la cuarta etapa que abarca
la poesía entre los años 1872 a 1879, en la que abandona las pretensiones
“partidarias” para adquirir un carácter más social. La poesía gauchesca no
volvería a ver el sol hasta su florecimiento a mediados del siglo XX con
autores como Atahualpa Yupanqui, o Mercedes Sosa, quienes mezclaban estas
tradiciones con corrientes de izquierda. El Martín
Fierro corresponde al cuarto período, y es, según muchos autores, una
crítica al gobierno de Sarmiento que forzaba a los gauchos a trabajar en la
frontera. Cabe aclarar que toda la poesía gauchesca que se conoce hoy en día
surge desde la elite, ya que la de los payadores no ha quedado copia escrita de
su obra.
Martín
Fierro es un gaucho signado por la pobreza que sufre una serie de desdichas a
partir de que es enviado a la frontera a combatir al indio. “¡Y qué indios ni
qué servicio / si allí no había ni cuartel! / Nos mandaba el coronel / a
trabajar sus chacras / y dejábamos las
vacas / que se las llevara el infiel”.
Se
aprecia aquí el primer encuentro entre las fuerzas represivas y el gaucho.
Fierro tiene discusiones con su patrón porque no le pagaba y se escapa. Al
llegar de nuevo a su ciudad, se encuentra con que su esposa y sus hijos lo
abandonaron. Va a una pulpería donde bebe y se bate a duelo con un negro. Lo
mata y se convierte en un fugitivo de la ley. Pasa a convertirse de simple
“gaucho cantor” a “gaucho malo”, caracterizaciones que hace Sarmiento en el Facundo. “El gaucho malo no es un
bandido, no es un salteador; el ataque a la vida no entra en su idea, como el
robo no entraba en la idea del Churriador. Roba, es cierto; pero ésta es su
profesión, su tráfico, su ciencia”.
Es muy característico, no sólo el desprecio del gaucho en Sarmiento, sino
también, la suerte de admiración que le tiene, quizás por llevar una vida
infinitamente más libre que la suya.
En
su huida, Martín Fierro canta a modo de lamento:
Su
casa es el pajonal/ su guarida es el desierto/ y si de hambre medio muerto/ le
echa un lazo a algún mamón/ lo persiguen como a un plaito/ porque es un gaucho
ladrón…
Para
el son los calabozos/ Para él las duras prisiones/ en su boca no hay razones/
aunque la razón le sobre; / que son campanas de palo/ Las razones de los pobres.
Si
uno aguanta, es gaucho bruto; / si no aguanta, es gaucho malo. / ¡Déle azote,
déle palo, / Porque es lo que él necesita!/
De todo el que nació gaucho/ Ésta es la suerte maldita.
Se
observa en las citas el sentimiento de impotencia del gaucho. Era recluido, era
castigado, era perseguido, pero no había nada que hacerle. Pero quizá lo más
interesante es que el gaucho no se queja directamente de las fuerzas de
seguridad, si no del gobierno. Es llamativo que vea como su principal enemigo
al ideólogo, y no al ejecutor de aquellas acciones que derivarían en miseria.
De hecho, cuando los policías lo van a buscar para arrestarlo por la muerte del
moreno, dice que al fin y al cabo, el policía está haciendo su trabajo.
El
personaje de Cruz, el policía, también es muy interesante, ya que, en lugar de
arrestar al gaucho, ve reflejada su historia en la de Fierro, y se escapan
juntos a la frontera, para vivir con el indio. No es tan disparatado tomar la
frase de Sarmiento, al referirse al “gaucho malo” como salvaje de color blanco,
como una clara muestra de su psicología y de sus ideales. Huyeron buscando
vivir en libertad; escapando del gobierno, la autoridad, y el trabajo.
De crotos, linyeras y
atorrantes
“Dejen lo seguro por lo
inseguro. Dejen en caso necesario, una vida cómoda, lo que se les ofrece para
el porvenir. Partan por los caminos.”
André Breton
Han
pasado los años, un nuevo siglo empieza, la barbarie ha sido reemplazada por la
civilización, y la civilización ha sido plasmada en metrópolis, en
urbanización. La Argentina se ha desarrollado y los inmigrantes llegan de a
miles. De la mano de un gran desarrollo y una gran civilización viene un
incremento de las normativas y de los funcionarios de la ley y el orden que se
encargan de cumplirlas. Ahora bien, de la mano de este proceso y, como no
podría ser de otra forma, resurge y se reinventa la figura del marginado.
Volvemos
a encontrar su huella a comienzo de siglo en los crotos, linyeras y atorrantes.
No se debe confundir estos personajes con la idea de linyera de persona que ha
perdido todo y debe reducir su existencia a mendigar para sobrevivir, de hecho,
la mayoría de los crotos, atorrantes, linyeras eran completamente renuentes a
pedir y hasta preferían, henchidos de orgullo, robar a tener que invocar la
caridad ajena. Como bien explica Osvaldo Baigorria:
(…)
la huella del vagabundo no es idéntica a la del homeless. Mientras que los
habitantes sin techo de toda urbe son una muestra de exclusión extrema,
forzada, impuesta por la sociedad del mercado, el croto siguió voluntariamente
el rastro que lo llevaría a un lugar de no-pertenencia. El croto no se definió
por la carencia que implica la preposición “sin”. Su estilo fue más la renuncia
que el despido. Y más el abandono del hogar que la perdida de la vivienda (…)
Sin
embargo tampoco se debe pensar en el croto o el linyera como alguien ocioso que
no trabaja sino que debe ser caracterizado como un trabajador itinerante.
Trabajaban en cosechas estacionarias por un tiempo, juntaban lo suficiente para
abastecerse por un tiempo y seguían su camino Sus principios consistían en ir
errando constantemente de pueblo en pueblo, ciudad en ciudad, cosecha en
cosecha por medio del ferrocarril, parando en las inmediaciones de las
estaciones en ranchadas con sus pares. Conformaron un grupo extremadamente
solidario, se reconocían fácilmente como miembros de la misma élite y cuando
uno llegaba a una de estas ranchadas siempre era bienvenido y no necesitaba
invitación para quedarse. A su vez, al mismo tiempo que unos llegaban, otros se
iban, conscientes y orgullosos de su destino.
Por
su forma de vida, este movimiento estaba fuertemente vinculado al anarquismo.
De hecho no tendría lógica que hubiese sido de otra forma. Los crotos vivían en
una suerte de constante anarquismo, completamente al margen del sistema. Por
eso, los teóricos anarquistas en seguida valorizaron su figura y los llamaron
sus hermanos, como en un artículo de Miguel Ángel Roscigna que para esos años
fue publicado en el periódico Anarchia,
de Severino di Giovanni, célebre anarquista italiano que luego sería ejecutado
por la dictadura de Uriburu por su accionar contra el capital y el fascismo
italiano: “(…) Con su mono al hombro, insometibles, inadaptables a la
esclavitud del salario (…), recorren el mundo de punta a punta, atacando y
desgarrando en mil formas el falso principio que somete a los pueblos: la
autoridad (…)”
A
su vez, muchos anarquistas fueron tentados por este modo de vida y se largaron
al eterno periplo, y muchos crotos empezaron a difundir estas ideas a lo largo
de todo su camino, llevando el anarquismo a los rincones más remotos de la
patria. El entendimiento fue recíproco, natural y hasta de alguna forma
obligado. Nadie representó tanto el espíritu anarquista como los crotos
itinerantes.
El
enemigo natural del croto fue la policía, tanto por su espíritu libre e
itinerante como por sus principios anarquistas, desde un comienzo parecían
destinados a enfrentarse. La policía encarnaba la fuerza represiva del sistema
contra el que se habían rebelado y a su vez la policía encontraba en los crotos
el sujeto más indefenso, aquel sobre el cual se podía efectuar el mayor abuso
de poder y nadie saldría en su defensa, además de ver en él un marginal de la
sociedad, que a sus ojos no era necesario en lo más mínimo. Cualquier excusa
era válida para propiciarles una golpiza o encerrarlos en prisión. Era práctica
común en aquellos días que un policía les pidiera la “papeleta” (documentos,
etc) y si no tenían nada para presentar, lo cual era lo habitual en los
linyeras, llevárselos detenidos. Muchas veces era tan sólo por estar en
posesión de libros o panfletos anarquistas y hasta se dio un caso de que para
la visita de un intendente a un pueblo de la Provincia de Buenos Aires, el
comisario mayor mandó a encerrar a todos los linyeras con el fin de mostrar lo
bien que funcionaban las instalaciones carcelarias municipales. También es
cierto que para muchos crotos la delincuencia era una forma de sobrevivir.
Ellos no lo consideraban robo sino expropiación ya que, de acuerdo con sus
ideales anarquistas el verdadero robo era la propiedad privada. Tampoco fue
infrecuente el caso inverso, el de delincuentes que, perseguidos por la
policía, se unían a las caravanas itinerantes de linyeras para poder escapar
disimuladamente y muchas veces terminaban compartiendo su modus vivendi.
El
desprecio de los crotos a la policía se encontraba plasmado en muchos de los
cantos que se entonaban a la noche en las ranchadas alrededor de un fogón.
Desgraciadamente la mayoría de estos canticos no pudieron perdurar en el tiempo
debido a la naturaleza itinerante de los crotos pero encontramos plasmadas
vivencias de esta idiosincrasia en muchos de los tangos carcelarios o prostibularios
de comienzos de siglo. Sin embargo, por
características propias del género, no tienen una mirada celebratoria de esta
forma de vida sino un tono de autoreproche, el narrador se revuelca en sus
propios errores, mala suerte y pasados arruinados que ya no volverán. Pasaremos
a analizar un fragmento de la canción “Gayola”.
(…)
Me encerraron muchos años en la sórdida gayola/y una tarde me libraron... pa'
mi bien...o pa' mi mal.../Fui sin rumbo por las calles y rodé como una
bola;/Por la gracia de un mendrugo, ¡cuántas veces hice cola!/las auroras me
encontraron largo a largo en un umbral.
Hoy
ya no me queda nada; ni un refugio...¡Estoy tan pobre!/Solamente vine a verte
pa' dejarte mi perdón.../Te lo juro; estoy contento que la dicha a vos te sobre.../Voy
a trabajar muy lejos...a juntar algunos cobres/pa' que no me falten flores
cuando esté dentro 'el cajón. (…)
Llegamos
los pibes chorros
Antes no
robaba, antes trabajaba.
Antes no fumaba, tampoco escaviaba.
(Mala fama- “Me Hice Mala Fama”)
La
desindustrialización que sufrió el país, primero por la dictadura militar y
después por la presidencia de Carlos Saúl Menem, trajo, como una de sus
inevitables consecuencias, un notorio aumento de las tasas de desempleo (más de
un veinte por ciento de la población). Casi la mitad del país quedó bajo la
línea de pobreza. Las villas y asentamientos se propagaron a lo largo y ancho
del país, en condiciones de vida cada vez más precarias e insalubres. Muchos
quedaron por completo descastados del sistema y salir a robar en más de un caso
se convirtió en la manera de ganarse el pan.
Dentro
de este marco histórico es donde nace la cumbia villera. En las villas,
tradicionalmente los fines de semana se hacían bailantas y se bailaba cumbia.
Cumbia a secas. Con letras románticas y con sus intérpretes vestidos en
llamativos y vistosos trajes tropicales. Para fines de la década de los ’90,
algunos pioneros como Pablo Lescano decidieron unir la situación que se vivía
en la villa día a día con la música que allí se escuchaba. Con influencias
musicales de estos grupos tropicales pero caracterizados como quienes eran,
nacieron los primeros grupos de cumbia villera. Sus letras hablaban de cómo
eran marginados por la sociedad, y se vestían con ropa deportiva, zapatillas y
visera. En seguida, miles de oyentes de todo el país se sintieron identificados
y la cumbia villera explotó.
En
las letras de cumbia el narrador está en primera persona. Es un marginal y se reconoce
como tal. Es consciente de su situación, vive en la villa, consume sustancias y
muchas veces debe salir a robar; y lo que es más, se siente orgulloso de ser
quien es, se siente orgulloso de no formar parte de la sociedad que lo excluye,
desprecia e ignora. La cumbia tiene esta violencia explícita que va al frente,
sacude a las clases medias y altas con sus letras completamente desfachatadas y
faltas de vergüenza. “Llegamos los pibes chorros/queremos las manos de todos
arriba”, hace acordar a esta misma idea del robo, o mejor dicho expropiación,
por parte de los crotos, que consideraban que el verdadero ladrón era aquel que
tenía mientras gran parte del pueblo sufría de carencia y por consiguiente, la
única cosa lógica restante por hacer era salir a robar.
De
la misma forma que el antagonista natural del gaucho era el militar y del croto
los vigilantes de antaño, el enemigo por excelencia del pibe chorro va a ser
sin duda alguna la policía y, en la mayoría de los casos, la temible bonaerense. La bonaerense no sólo lo
persigue por delitos menores, como por robo o tenencia de drogas para consumo
personal, sino que también hay casos en que la policía aplica el método de
disparar, y luego preguntar, mejor conocido como gatillo fácil. La policía bonaerense es la más temida, la más
corrupta y la más prontuariada. Este antagonismo es el que encontramos mejor
planteado de todos, el más crudo y el más directo. Se ve reflejado por
innumerables letras de cumbia, de forma cruda y sin sutilezas. Dentro de éste
subgénero de la cumbia podemos encontrar distintas variantes en las líricas:
-
Las de protesta, en las que el narrador
se está quejando del accionar policial,
de la corrupción o del abuso de la fuerza, de lo mucho que les hacen sufrir.
-
Las de desafío, en la que el narrador se
está burlando de la figura del policía o como se dice coloquialmente, lo está descansando.
-
Y la última es uno de los casos más
interesantes, es la cuál en la que el narrador se lamenta por un amigo que se
hizo policía.
Dentro
de las letras de protesta podemos citar como uno de los mejores ejemplos a “Quieren
Bajarme”, de Damas Gratis la cuál es una aguda crítica a la estereotipización
del pibe chorro.
Quieren
bajarme no saben como hacer/porque este pibito no va a correr/Me miras en la
tele te quieres matar/la envidia te mata, me quieren llevar/Por ser un pibito,
bien cumbiandero/me subís, a tu patrullero/ANTI
Es
que si un negro corre dicen qué se robó/vamos a llevarlo preso que algo se
afanó/pero si un cheto lo hace/no, no, ese pibe no robó/ANTI
En
“Yuta Compadre”, de Yerba Brava, el narrador festeja que después de años de
sufrimiento en la prisión, por fin liberaron a su amigo, el Monito, y todo
depara en una reflexión acerca de la policía.
Hoy es un día
especial/porque el monito a la villa llegó/Dos años guardado estuvo/y al fin la
yuta hoy lo largó.
Se fue corriendo
a ver a su madre/que entre risas y llantos lo recibió/también los vagos,
contentos estaban/y esa noche, el baile se armó.
Yuta
compadre/por fin hoy lo soltaste/yuta compadre/…
En
esta categoría también podemos ubicar los temas “El Pibito Ladrón”, de Pibes
Chorros; “Gatillo Fácil”, de Flor de Piedra y hasta un caso poco común que es
el de de “Ladrón Yo No Soy”, de Pala Ancha, en la que el narrador, en vez de
alardear de sus correrías dice que está encerrado injustamente, niega ser un
ladrón y hasta asegura que ni siquiera la marihuana que le encuentra el policía
era de él sino que le hicieron una cama,
denunciando la corrupción institucional de la policía.
A
mitad de camino entre las letras de denuncia y las de descanso se encuentra el
tema “Gorra Basura” en la que al mismo tiempo se denuncia a los efectivos de
policía que consumen cocaína mientras trabajan, práctica común de la policía
bonaerense, y se le ríen del estado en el que ha quedado.
Estás de servicio/tomás
papusa/bajás del patrullero con la carretilla dura.
Re
persecuta/chamuyás todo trabado/salta la ficha/ que enroscado estás.
Gorra
basura/andas cortando fuga/ Gorra basura/andas cortando fuga.
Con
la carretilla dura/Con la carretilla dura.
En
“Poliguampa”, Pibes Chorros se burla de un policía al cual lo engaña su mujer
mientras está de servicio, y en “Bajen del Patrullero”, La Piel de Judas
desafía a los policías a que bajen del patrullero y se planten.
Pero
el caso más interesante es sin duda el del amigo que antes paraba con la vagancia y se terminó haciendo policía. La primera
banda insigne de cumbia fue Flor de Piedra, producida por Pablo Lescano, y ya
su primer tema en alcanzar la popularidad masiva fue “Sos Botón”, justamente,
uno que repudiaba a su amigo que ahora los estaba arrestando.
Sufre,
por hacerte policía
No
lo puedo creer/vos ya no sos el vago/ ya no sos el atorrante/al que los pibes
lo llamaban el picante/ahora te llaman botón.
Ya
no estás, con tus amigos/y en la esquina te la dabas/de polenta, de malevo y de
matón/y solo eras un botón, y solo eras un botón.
Vos
sos un botón/nunca vi un policía tan amargo como vos
Vos
sos un botón/nunca vi un policía tan amargo como vos
Cuando
ibas a la cancha/parabas con la hinchada/y tomabas vino blanco/y ahora
patrullas la ciudad/si vas a la cancha vas en celular/Y a tus amigos andas
arrestando/sos el policía del comando
Vos
sos un botón/nunca vi un policía tan amargo como vos
Vos
sos un botón/nunca vi un policía tan amargo como vos
Muchos
otros temas son tan buenos ejemplos de ésta situación como éste, “La Marca de
la Gorra” o “Pocos Quedan”, de Mala Fama.
Sin
embargo, más allá de ésta idea del pibe chorro flemático y orgulloso de ser
quién es, muchos temas de cumbia, a la manera del tango, se ubican al final de
la carrera del narrador, cuando ya su vida llega a su fin o está preso y en un
último vistazo atrás se arrepiente de la ida que ha llevado. Es en estos casos
donde quizás se den los ejemplos de letras de mayor poesía, como “Entre Rejas”
o “El Prisionero” de Pibes Chorros o también el caso de “De Regreso al Penal”, cuya historia goza de mayor
complejidad.
No
sólo en la cumbia se presenta la figura del marginal de las villas. El tema “El
Chico de la Oculta”, de la banda de rock barrial Viejas Locas también habla de
un descastado total de Ciudad Oculta que se encuentra en sus últimas, pero no
es un detalle menor que, a diferencia de en las cumbias, aquí el narrador esté
en tercera persona y hable de algo que ve y no de algo que sufre, siendo una
mirada un poco más externa. “Está dado vuelta en un zanjón, aspirando las
pequeñas cosas que la vida no le dio”. Quizás donde realmente sea más fuerte la
personificación del criminal marginal
sea en las letras de la banda de rap Fuerte Apache, originaria del barrio
homónimo, cuyas letras son una especie de crónica de la delincuencia e
injusticias que se viven en el barrio y de alguna forma, cerrando el círculo
vuelve a encontrarse con el “gaucho malo” del Martín Fierro debido a las
formas. El rap y la payada tienen características increíblemente similares, y
de hecho hasta podemos encontrar algunas estrofas más que similares.
Procederemos a citar la letra de la canción “El Mundo del Revés”, de la banda
Fuerte Apache, que no tiene desperdicio.
Naci
con mucho esfuerzo / Departe de mi mama / Dicen que estuvo unos meses / Internada en un hospital…
Sufriendo
en una cama / Con riesgo de abortar / Y con su vida en peligro / quiso que
naciera igual.
Y
me crie como un chico normal / De barrio bajo / Me hacía falta la comida / Y a
mis padres el trabajo…
Ser
chiquito y estar solo / Se lo que es eso / Iba a la escuela sin abrigo
/Congelándome los huesos...
Y
así me fui criando, / De a poquito me hice solo, / Aprendí lo que es la calle /
Y a cuidarme de todo
Entendí
q nadie es bueno, / Y aunque mucho quieran darte, / El que hoy te da la mano, /
mañana puede matarte...
Hay
que cuidarse, / Y a veces hasta frenar un poco, / Aunque seas malo, / Siempre
va a ver uno más loco...
En
mi mundo muchas cosas, / Que pasan no se entienden, / Y apuro encontronazo, /
Con la vida se aprende.
Este
es el mundo del revés, / Donde yo vivo, / Donde tu amigo, / Mañana puede ser tu
enemigo, / Donde a los chicos les falta, / Que comer, y abrigo, / Donde los
buenos se mueren, / Y los malos siguen vivos...
Así
es el mundo del revés, / Donde yo vivo, / Donde tu amigo, / Mañana puede ser tu
enemigo, / Donde a los chicos les falta, / Que comer, y abrigo, / Donde los
buenos se mueren, / Y los malos siguen vivos...
Y
muy chico conocí, / Lo que es el dolor, / De tener que llorar, / Un amigo en un
cajón, / En otro lado, / Con 14 son niños y se esconden, / En cambio en mi
mundo, / En la calle te haces hombre,
Tenés
tu fierro, / Y pa' fumar tu marihuana, / Tenés tus minas, / Y te pasas un
tiempo en cana..
Por
ahí tenes un hijo / Al que darle de comer, / Y esta la policía, / Que no te
deja de joder,
También...
/ Seguro debes tener, / Un par de enemigos, / Pa' llorar y recordar, / Un par
de amigos, / Que se fueron, / A un mundo mejor,
Y te consuela saber, / Que ya no sufren el
dolor, / De vivir entre la espada, /Y la pared, / De tener q activar, / Pa'
poderse mantener, / Que la ruleta de la vida, / No les juegue al revés, / Y que
salgan a ganar / Y les toque perder...
Este
es el mundo del revés, / Donde yo vivo, / Donde tu amigo, / Mañana puede ser tu
enemigo, / Donde a los chicos les falta, / Que comer, y abrigo, / Donde los
buenos se mueren, / Y los malos siguen vivos...
Así
es el mundo del revés, / Donde yo vivo, / Donde tu amigo, / Mañana puede ser tu
enemigo, / Donde a los chicos les falta, / Que comer, y abrigo, / Donde los
buenos se mueren, / Y los malos siguen vivos...
Sobreviviendo
en el mundo del revés, / Fui aprendiendo que la vida / Se va lleno, / A medida
q vas creciendo, / Y aprendí a valorar, / Los momentos como oro, / Los recuerdos,
/ Que quedan, / Son tus únicos tesoros,
De
las mujeres vi' a decir, / Algo que es obvio, / Encuentran otro novio, / Cuando
están, / En tu velorio, / Todas te quieren, / Todas te admiran / Pero cuando te
morís, / Enseguida se olvidan...
Sobreviviendo
en este / Mundo nos criamos, / Y nos marginan todos, / A nadie le importamos, /
Solo nos nombran, / Cuando mal actuamos, /Cuando nos drogamos, / Robamos, / O
matamos...
Yo
pienso, / Deberían dar otras opciones, / Ya están llenos los penales, / De
malandras, / Y ladrones.
En
mi barrio / Se tendrían q formar profesionales, / En lugar de q los chicos, /
Se hagan criminales...
Este
es el mundo del revés, / Donde yo vivo, / Donde tu amigo, / Mañana puede ser tu
enemigo, / Donde a los chicos les falta, / Que comer, y abrigo, / Donde los
buenos se mueren, / Y los malos siguen vivos...
Así
es el mundo del revés, / Donde yo vivo, / Donde tu amigo, / Mañana puede ser tu
enemigo, / Donde a los chicos les falta, / Que comer, y abrigo, / Donde los
buenos se mueren, / Y los malos siguen vivos...
( Este es el mundo del revés donde yo vivo /
Donde la policía en lugar de cuidarnos / Nos inventan causas / Donde los chicos
no tienen infancia / Y trabajan en la calle o roban / Para comer y sobrevivir /
Donde los políticos nos quitan / En lugar de ayudarnos / Donde a nadie le
importamos / Donde nos olvidaron / Donde para jueces y fiscales / Somos
culpables hasta demostrar / Lo contrario / Pero después cuando nos hacemos /
Como somos se horrorizan / Y nos matan en la calle como a ratas / O nos
encierran de por vida / Después hablan de igualdad de derecho... / Por favor
... )
Este
tema es quizás el más fuerte, el más crudo, el más sentido de las canciones
propuestas. Es, sin duda, el más directo, plantea el estado en el que están marginados
sin pelos en la lengua y, lo que es más, propone cambiar el sistema que los ata
a la delincuencia y a la miseria.
Otro
caso a analizar es el de Camilo Blajaquis. Un Pibe Chorro que, como muchos
otros, terminó encerrado en reformatorios y luego, en las cárceles de máxima
seguridad de Ezeiza y Marcos Paz. Allí dentro encontró refugio en la
literatura: terminó el secundario, reconstruyó la biblioteca de uno de los
reformatorios y fundó la revista ¿Todo
Piola?. Dentro del primero de sus dos libros de poesía, encontramos “Cosas
simples que piensa un pibe preso”.
No
hay nada más puro que chamullar con los pibes. / Recordar viejas hazañas
delictivas (delito cometido, daño causado a la propiedad privada, lesiones
leves o graves, títulos de diarios salpicados con sangre) / Competir en ver
quien cobró más veces con la policía / Soñar que resucita el futuro que
mataron. / El dolor está en el aire y pesa más que el aire. / Pero acabo de
comprobar algo: sonreímos demasiado (infracción al artículo 17 del código de
convivencia del Servicio Penitenciario), aunque vivimos atados de
prohibiciones.
La
mezcla de melancolía con protesta, pero aun así, llena de esperanza, presente
en el fragmento seleccionado es bastante distinto al de la poesía gauchesca,
que, si bien es melancólica y de denuncia, esta completamente exorcizada de
cualquier tipo de optimismo.
La
figura del Pibe Chorro es la figura que más desprecio le guarda a la policía,
quizás por ser el personaje que más la sufre. La policía tomó su principal giro
hacia la represión, la corrupción y el gatillo con la última dictadura
militar. Nunca ha habido tantas victimas
de la autoridad como desde entonces.
Conclusiones sobre doscientos años de marginación
La realidad es que estoy preso, en
una cárcel
Lo real es que soy libre demasiado
libre
(Camilo
Blajaquis- “Diferencias invisibles”)
Alfredo
Moffatt, autodidacta en el psicoanálisis, desarrolló la teoría de los anillos
de la marginalidad. Es un concepto que implica la existencia de tres círculos
concéntricos:
-
Un centro en el que se ubican los
“normales”, es decir, quienes tiene trabajo o se ubican cercanos al poder.
-
Un segundo anillo donde se encuentran
quienes han pasado un límite permeable, que les permite volver al primer anillo
fácilmente, por ejemplo, artistas, desocupados, prostitutas.
-
En el último anillo se encuentran
quienes han pasado un límite impermeable, por ejemplo, presos, psicóticos,
chicos de la calle, y toda otra clase de parias sin posibilidad de retorno a la
sociedad.
-En
este anillo hay más riqueza y dramaticidad existencial- se entusiasma Moffatt-.
El folklore de todos los pueblos salió de allí. El tango no salió en los
salones si no en los piringundines. El centro está muerto, porque se
burocratiza y no tiene creatividad: el normal es nadie precisamente porque
coincide con la norma.
Recorremos
la historia captando a tres personajes principales:
-
El gaucho, que era forzado a trabajar en
campos o enviado a la frontera. Hundía constantemente sus penas en alcohol, y
más de una vez cargaba con la vida de algún otro mamón en algún duelo.
-
El linyera, que descastado por elección
pero no por eso ajeno a la mala suerte que lo acorralaba, vive a la intemperie
de cosecha en cosecha con un porvenir incierto.
-
El pibe chorro, quien dejado de lado del
sistema se rebela contra el mismo, desde adentro, y ay de quien se cruce en su
camino.
Como rasgo de estos tres personajes
podemos decir que el marginal argentino a lo largo de la historia es uno solo
si lo caracterizamos por la aceptación de su destino una vez que ya no puede
escapar del mismo y cómo, desde ese lugar completamente fronterizo y
perseguido, puede emocionar con su historia. Si bien el personaje es separado de
la sociedad por ser diferente, porque la sociedad separa, margina, castiga a todo
lo que no es similar a ella, es también él quien toma la distancia de la
sociedad. Es un personaje indómito, libre, cimarrón, solitario. Su espíritu
está presente en la historia desde sus albores y seguirá estando hasta su
abismo, o hasta su redención. Como diría Ariel Salinas, ni toda la federal podrá detenerlo.
Bibliografía:
-BAIGORRIA,
Osvaldo. Anarquismo trashumante. La
Plata: Terramar, 2008.
-BLAJAQUIS, Camilo. La venganza del cordero atado. Buenos Aires: Continente, 2010.
-BAKUNIN,
Mijail. Dios y el Estado. Buenos
Aires: Editorial Terramar, 2010.
- DUBIN, Mariano. “Lunfa Nuestra
(O Cómo Cantar las Cuarenta en Rioplatense)”, artículo en Revista Sudestada. N° 102; Buenos Aires, Septiembre de 2011.
-DUTIL, Carlos; RAGENDORFER, Ricardo. La Bonaerense. Buenos Aires. Planeta,
1997.
- ENGELS, Friedrich; MARX, Karl. El Manifiesto Comunista. Buenos Aires: R.P. Centro Editor de
Cultura. 2008.
- HERNANDEZ, José. Martín
Fierro. Buenos Aires: Editorial Losada, 1977.
- LENIN,
Vladimir. El estado y la Revolución. Buenos Aires: Editorial Ateneo, 1963
- RAMA, Ángel. Los
Gauchipolíticos Rioplatenses. Buenos Aires: Centro Editor de América
Latina, 1982.
- RUSSO, Pablo; RODRIGUEZ PEREA,
Lucas. “Camilo Blajaquis, poeta del nuevo siglo”, artículo en Revista Sudestada. N° 105; Buenos Aires,
Diciembre de 2011.
- SARMIENTO, Domingo Faustino. Facundo. Caseros:
Gradifico, 2007.
LISTA DE TEMAS
La Cultura Errante del Marginal en la
Argentina
(CD Complementario)
1) La Gayola --- 34 Puñaladas
2) Llegamos los Pibes Chorros --- Pibes
Chorros
3) Me Hice Mala Fama --- Mala Fama
4) La Marca de la Gorra --- Mala Fama
5) Quieren Bajarme --- Damas Gratis
6) Poliguampa --- Pibes Chorros
7) Pocos Quedan --- Mala Fama
8) Ladrón Yo No Soy --- Pala Ancha
9) Gorra Basura --- Mala Fama
10) El Pibito Ladrón --- Pibes Chorros
11) El Chico de la Oculta --- Viejas Locas
12) De Regreso al Penal --- Pala Ancha
13) El Mundo del Revés --- Fuerte Apache
14) Yuta Compadre --- Yerba Brava
15) Sos Botón --- Flor de Piedra
Esta actividad fue realizada en una clase interdisciplinaria
entre las materias de Literatura (a cargo de la Prof. Lucía Agulló) y Francés
(Prof. Constanza Bauzá) como pareja pedagógica, aprovechando la dinámica de
taller propiciada por la ausencia de algunos alumnos que se encontraban de
viaje de egresados.
CONSIGNA HIPOGRAMA. En un poema de no más de
veinte versos hipogramar en cada verso una palabra escrita por algún compañero
y elegida al azar. Incluir, además, tres palabras en francés.
LA RÉAPPARITION (Bonheur)
AUTORA: Mercedes
D’Angelo
Brotaron hartos de su réalité.
Probaron gritar hasta que fueran aire.
Imagen bizarre la que crearon haciendo muecas de rabia implacable.
Parecían buitres
que se contorneaban manchando el cuero que los recubría.
La noche bleu parecía camuflarlos entre las hojas de couleur petróleo.
Pero sucumbió tan rápido como comenzó, helando sus cuerpos impenetrables.
Bajaron la hinchazón de la muerte y se sintieron
aliviados.
Y se limitaron a brindar con ron hasta
que la noche se vino en jour
radiante,
Combinando
los sonidos que echaban sus
risas con los de los oiseaux de su premier madrugada.
PAPILLON
AUTORES: Analía Canta, Ailén Ramírez Marcos, Milena Salvador Corsi.
El Papa de la Iglesia lloraba nostálgicamente.
Para él lo primordial era llenar su corazón de amor.
Se sentía tan paralizado
y perdido,
observando las láminas del salón del monasterio.
Se cuestionaba su paupérrima
fe, mientras ellos lo observaban negando la tête.
Para poder seguir adelante la conciencia debía
estar en paz.
Pensaba que podía
dejarse llevar por
las creencias vacías de los herejes.
Paraba para observar mientras las lágrimas caían a regarder en lo que el mundo se había
convertido.
Lo que el Papa se interrogaba era cómo se habían
roto los lazos entre los
humanos.
MALADIE
AUTORES: Camila Logares, Candela Loreti.
Mar, sol, arena y diez gaviotas.
Mediodía azulado y libre.
El mundo había llegado a disipar el problème.
La muchacha lograba adormecerse después del inquietante rendez-vous.
Muchos años lo había soñado incansablemente,
hasta que el momento añorado llegó a su dolorosa vie.
Mucho cambiaría
con la llegada de Nadie.
Más allá de la tristeza, todo brillaría eternamente.
LUISANT
AUTORA: Laura Bursztein.
Luna única, instrumento solar, antes del amanecer, luisant.
Luminoso satélite, de una noche eterna.
Luna, luz intensa, apareces por las tardes,
representando al amour.
Linterna universal, satélite nocturno, encaras la nuit con tu imponente belleza.
Luz instantánea,
avanzas por la tarde y te topas con la noche, guiando al perdido y al dolido.
Lunita
ansiosa, acompañas las noches tormentosas con una lumière intense.
Lucecita soñadora, naces todas las noches aunque a veces
te escondas.
Luna inmensa, no abandones tu recorrido, sólo por esta
noche.
LUISANT
AUTORA: Paloma Freire.
El único imán santo
los unía sin sanar tremendas heridas
lijaba su histeria atroz y cantora.
Latía, ululaba, insistente,
paralizante, bleu.
Las empuja cuando inclinadas ante el balcón
luchan intentando salir contra la foule.
Luis anda torpe,
las lupas pisan sus tardes.
VOITURE
AUTORES: Martín Borra Salomón, Esequiel Oshiro.
Vos, individuo torpe, usurpaste este corazón.
Violentamente irrumpiste nuestro equilibrio.
Voleur de Citroen, únicamente retrocederás
ante el valor innato, único y voraz de cet chevallier.
Vení, oí, Turra, eh, Bó,
viviremos al fin
en terrible unión irrevocable.
Vendrán en malón inmensas tropas únicas de respeto, amor y fraternité.
Pero, ¿viste hoy, en
tu interior dicha unión already heard?
Producción realizada en la clase de
Plástica.
Consigna: describir en un cuento el dibujo realizado anteriormente.
Autora:
María González Fernández.
Egresada: año 2009.
Maggie tenía doce años. Era
una niña muy especial. Pero especial en serio. Su padre era un ovillo de lana
naranja, su madre, una coqueta gata doméstica. Ella siempre había tenido muchos
amigos dentro de su casa. Había jugado con todos los muñecos de ese gigante que
vivía con ella y que le daba de comer a Lidia, su mamá. Ella le explicó que ese
“gigante” era un niño común, como todos. Pero ella nunca había visto nada como
él. Entonces Maggie le preguntaba dónde estaban los niños como ella, y su madre
le respondía, una y otra vez, que ella era única, que ni en las calles
encontraría algo semejante. Maggie no entendía… “Calle… ¿qué es calle?”, y se
rascaba su nariz de botón que nunca supo para qué servía, pero tampoco le
importaba. A ella sólo le importaba cantar. A veces Lidia le decía que usara
esa boca tan grande y hermosamente remendada con un parche amarillo, para hacer
lo que hacían todos: “comer”. Pero ella nunca había comido. Capaz porque no se
sentía “como todos”, o capaz simplemente porque nunca supo lo que hambre
significa. Había muchas cosas que Maggie no sabía. Pero ella sólo cantaba… Cuando
los muñecos del “niño” dejaron de tener gracia, eso era lo único que disfrutaba
hacer. Lo hacía en todos los lugares que conocía. Cantaba en el cajón de las
medias, en el de las remeras, en el de los buzos (ése era su lugar favorito en
todo el mundo, en todo su mundo). Le gustaba y se sentía cómoda, pero también
se sentía sola. Se animaba cuando veía a Lidia jugar contenta con el niño, pero
no entendía por qué ella no podía hacer lo mismo. Lidia siempre le daba
explicaciones largas de las que ella sólo rescataba algunas palabras. Palabras
como “diferente”, “miedo”. Pero Maggie seguía cantando e imaginando que tenía
amigos que jugaban con ella y no conocían el significado de aquellas palabras.
Un día Lidia se fue con el niño, y Maggie aprovechó para
dar un paseo por la enorme casa. Cuando salió del ropero, una corriente de aire
frío entró en la habitación del niño, quien cada vez era más y más grande, y
ella no entendía por qué. El viento sacudió su melena violeta. Vio una ventana
abierta. Sintió que por fin su vida cobraba un sentido, sintió que del otro
lado de esa ventana se encontraba lo que ella buscaba: un amigo, otra forma de
vivir, un lugar mejor para los ovillos con ojos. Y un lugar lleno de esa música
que la hacía feliz. En ese momento empezó a pensar en lo que venía; imaginó los
parques llenos de sol y flores que alguna vez le había mencionado su madre. Los
imaginó llenos de ovillos y gatos y canciones. Intentó pensar en el sol y en
las flores, pero viviendo tanto tiempo en un cajón, su imaginación nunca logró
llegar muy lejos. Entonces se dio cuenta de que estaba despeinada y fea, y
pensó que, seguro, en la “calle” todo sería mucho más hermoso. Maggie se peinó,
se pintó los labios y los ojos con crayones. Se puso los aros de esa muñeca que
siempre estaba guardada en uno de los cajones del ropero. No sabía por qué
estaba ahí. Tampoco por qué a veces el niño la sacaba de su cajón, la miraba,
le caían gotas de los ojos y la volvía a guardar, sin jugar con ella. Lidia le
había dicho que esas gotas se llamaban lágrimas, y que llenaban los ojos de los
niños tristes. Su madre sí que sabía mucho… Maggie nunca había llorado, pero sí
se había sentido triste... Se miró a un espejo y le gustó lo que vio. La ancha
sonrisa llegaba a sus ojos violetas. Se vio lista para dejar atrás los cajones
y arriesgarse a intentar lo que siempre había soñado. Se sentía segura, se
sintió mejor que nunca. Se trepó a la ventana. Por un momento sintió algo que
no hubiera podido explicar, como un vacío en su panza, pensó en Lidia. Se asomó
y sin pensarlo dos veces se dejó caer. El viento despeinó su pelo, y siguió
cayendo… Los ojos se le enrojecieron, por primera vez sintió que lloraba, pero
no estaba triste… Seguía cayendo y se sentía feliz. Y esa felicidad fue lo
último que sintió, porque otra de las cosas que Maggie no sabía era que el niño
vivía en el piso diez.
El epígrafe reza unos versos muy conocidos de
Robert Frost, a quien el autor prefiere citar como R. F.
Autor: Felipe Devicenzi.
Egresado: año 2008.
LA INFANCIA ES UN
DEPARTAMENTO VACÍO
...and both that morning equally lay
in leaves no step had trodden black...
R. F.
A
mi Casa la llamamos siempre
por
el nombre legal
–las referencias eran anticuadas
o
presidenciales, siempre ajenas–
de
chico viví un poco ante la plaza Marcelo
T,
viví
en Tte. Gral. Perón aunque al margen
de su tragedia
y
solíamos decir estos nombres como evocando
los
familiares que no volvemos a ver.
En
mis sueños más tempranos, Alvear estruendoso y veloz
podía
pasearse por los kilométricos pasillos de Casa
hasta
bien entrada la madrugada y diciéndome, al oído,
solo olvidándome de la infancia
pude conocer el mundo.
En
mis sueños, El General resbalaba por los pisos laminados
de
mi imaginación, y golpeando
y
prendiendo fuego las camas de caoba, repetía
solo olvidando la infancia
puede concebirse el mundo.
También
me bautizaron con un nombre callejero y presidencial
pero
elegí desconocer sus honores sus
consejos y olvidarlo.
De
mi Casa hoy solo quedan 4 líneas de orquídeas
duras
como huesos, el silencio venturoso
del
olvido, también el agua vieja y estancada
de
esos baños donde imaginaba ser Jean Cocteau, rompiendo
toda
la noche sumergida, rompiendo
las
profundidades de mi océano compacto.
También
la huella gris de un reloj de roble
congelada
sobre el triste empapelado.
Me
acuerdo bien, cada medianoche de mi infancia
solía
decirme al ras Ustedes 4
son el Oasis sucumbiendo ante el Desierto.
Dejé
mis llaves y todos esos años
en
una caja oblonga donde guardo
los
nombres de mis viejos que nunca veo
para
no olvidarlos.
Bs. As., 8-10
Consigna:
en grupos redactar un cuento policial de suspenso
utilizando los personajes y elementos principales del “Diario de Ana Frank”.
Autores: Cecilia, Greaves; Daniel Lopes; Lucía Cancela; Brenda Cao y Sol Roa
Andino.
Curso: 2° 1° T.M.
La
agenda
El
doce de marzo, su vida terminó. La enfermedad se había hecho dueña de ella.
Pero… ¿cómo llegó a esas condiciones?, ¿dónde terminó?, ¿cómo fue que nadie se
percató que la niña se estaba consumiendo tan lentamente?, ¿cómo se permitió
tal ignorancia?
El detective estaba sentado en su sillón fumando el tan
deseado habano, cuando llegó el padre y le hizo aquellas preguntas. Al irse,
llamó rápidamente a Maurice, su amigo y fiel compañero de investigación y le
dijo:
-Quería saber dónde estaba el cuerpo de su hija y
nosotros vamos a encontrarlo-. Así, comenzaron una ardua búsqueda acerca del
paradero de la niña. El
primer día fueron a la casa de atrás, allí todavía quedaba aquel aire de
angustia y soledad.
-¿Qué encontraste ahí? -dijo Maurice al ver una actitud
de sorpresa del detective.
-Nada interesante… -respondió.
-Pues no te creo, vi que te sorprendiste. Déjame verlo -le
contestó Maurice comenzando a subir el tono.
-Debo investigarlo. -dijo nervioso el detective-.
Después te lo mostraré.
En ese instante, Maurice se abalanzó hacia él gritando
que eran un equipo y que no debían ocultarse cosas, agarró el papel arrugado,
amarillo y con manchas de humedad que tenía en la mano y comenzó a leer en voz
alta:
-“Querida Kitty: hoy no tengo más que noticias
desagradables y desconsoladoras para contarte. A nuestros amigos y conocidos
judíos se los están llevando en grupos”.
-¡Alto! -gritó el detective-. Esto puede haber sido
perfectamente algo falso y/o la niña pudo haber sido obligada a escribirlo. Tú
eres muy pequeño, lo que pasaba en ese momento no era así.
Maurice dobló el papel, lo guardó en su bolsillo y dijo
que lo leería luego.
Se fueron.
Una vez en la oficina, Maurice le preguntó porqué se
había puesto tan nervioso ahí dentro y el detective, moviendo los dedos de un
lado a otro en señal de ansiedad y nerviosismo, respondió:
-Creo que no debí
aceptar este caso. Voy a llamar al padre para decirle que se lo encargue a
otro. La muerte de una niña es demasiado.
-Si tu no lo quieres, yo sí. Estando en ese lugar sentí
una terrible angustia, había mucha tristeza acumulada. Supongo que habrás
sentido algo parecido.
-Creo que si estaban allí escondidos era por algo,
debemos ir a investigar nuevamente. -respondió el detective enojado.
Esa noche Maurice se quedó solo en el estudio analizando
aquel texto. El detective tampoco estaba en su casa, su paradero era
desconocido.
Al día siguiente, llegó con una alegría completamente
inusual en él.
-Creo que descubrí todo. -le dijo en tono de
superioridad a Maurice-. Era simplemente mirar un poco más allá.
-¿Ah sí? –respondió-. Pues cuéntamelo, que esperas…
-Era tan sencillo, querido Maurice, simplemente debíamos
analizar la situación un poco más. ¿Recuerdas que yo te conté que cuando vino
el padre de la niña yo lo pedí algunos datos sobre la historia anterior a la
muerte?
-No creo que me lo hayas dicho. Pero prosigue. -interrumpió
su compañero.
-Bueno, le dije que me contara porqué estaban allí escondidos
y él, muy nervioso, respondió:
-Por judíos...
-Lo deje seguir pero claramente vi algo oculto en
aquella respuesta. Ayer logré atar todos esos cabos sueltos. ¿Recuerdas que en
el escondite tú me notaste un poco raro?, no era por aquella carta, sino por lo
que había detrás.
-¿Qué había? –dijo Maurice soprendido.
-Otro papel, casi tan sucio y viejo como el que te
quedaste. Decía:
-“¿Por qué nos has hecho esto, padre?”.
-No era la letra de Ana, pero dentro de lo poco que pude
encontrar en aquel escondite había un cuaderno de Margot, su hermana y era una
letra muy parecida a la de ella. Lo que demuestra que claramente por culpa del
padre estaban escondidos allí. Por lo cual, el asesino fue él.
-¿No te parece bastante apresurado? -preguntó Maurice
descolocado.
-Ay, Maurice, Maurice…Tienes todavía mucho por aprender.
-respondió el detective con tono de superioridad-. Debes acostumbrarte a ver
más allá. Obviamente lo que yo digo tiene pruebas que lo comprueban. Pero creo
que confías bastante en mí como para hacerme caso, no es necesario que te
exponga a ti el caso como se lo voy a exponer al Sr. Frank ni a la justicia. Si tienes
algo en contra, dímelo, pero espero que tengas pruebas que la refuten. Si es
simple intuición, hace mucho tiempo aprendí a no dejarme llevar por ella.
-Pues sí, es simple intuición. Pero es una intuición muy
fuerte, así que dejaré llevarme por ella y llegaré al fondo de esta cuestión.
–dijo Maurice.
-Está bien, pero en esta estás solo compañero, no voy a
acompañarte en la locura. Sólo te aviso que en tres días me reuniré con el Sr.
Frank, si en ese momento no tienes tu hipótesis, lo lamento.
-Está bien. -dijo y comenzó a investigar.
El primer día fue al escondite, volvió con unas pruebas
que no dejó ver al detective. A la noche del mismo día, tomó las pruebas del
estudio porque, (supuestamente), las quería analizar en otro lugar.
Al día siguiente, apareció más cansado, claramente no
había dormido. El detective no estaba en el estudio. Maurice tomó su agenda y
se fue. No se sabe dónde, pero llegó el tercer día.
A las siete de la tarde se debían encontrar con Otto
Frank. El detective le había dicho a Maurice que si quería presentar su hipótesis
debía hacer un informe, de lo contrario la investigación parecería poco seria. Daba
la impresión que quería retrasar la investigación, que quería que su hipótesis
fuera la única; pero de todos modos, Maurice hizo el informe.
Siete p.m. Llegó Otto Frank. Detrás de él, Maurice. En
una habitación llena de papeles, con tres sillas dispuestas en ronda y un olor
a habano insoportable. Comenzó la charla.
Inmediatamente, se paró el detective, levantó los
hombros, ensanchó el pecho como tomando fuerzas y empezó a hablar:
–Sr. Frank, con
todo el respeto que se merece, o no. Yo creo que usted es el culpable. -dijo
sin dar más vueltas. Habló media hora de corrido, exponiendo pruebas, tanto
exámenes de caligrafía como cuadernos viejos de Ana. Y repentinamente, calló.
Otto, muy tranquilo dijo:
-Se me ha acusado de muchas cosas, hasta de peligroso
para la sociedad, pero no permitiré que me llamen asesino y menos de mi propia
hija. Ambos saben lo que yo viví y esto me parece una falta de respeto.
-Tranquilo… -dijo Maurice exaltado y ansioso-. Creo que
llegó el momento de exponer mi hipótesis.
-Usted conoció a Ana, compañero. -le dijo al detective-.
¿Miento? No sólo la conoció, sino que la vio poco a poco consumirse. -el
detective saltó de la silla pero inmediatamente Maurice lo frenó y dijo:
-No necesito que me conteste, déjeme hablar a mí…El
primer día de investigación, usted estaba un tanto nervioso. Fuimos al
escondite y no había mucho más que angustia acumulada. Simplemente encontramos esto.
-agarró la carta y se la dio al padre-. El detective estaba bastante nervioso y
ahora comprendo la razón.
Cada vez que podía me aclaraba que si estaban allí era por
algo y que esos escritos podían ser falsos. Pues bien, hace dos días volví a
ir a las habitaciones de atrás.
Mágicamente había muchos escritos escondidos, demasiadas pistas que no había
visto la primera vez que fui. Los agarré
igualmente. Estuve toda la noche analizándolos y separé los que parecían falsos
de los que no. En una fila había diez escritos y en otro uno. Dejo a su
criterio cuáles eran los falsos. Me dí cuenta que alguien había puesto esas
nuevas pruebas allí y, por más que me duela aceptarlo, lo más probable es que
haya sido el detective. Llegué a esta oficina e investigué aquí. No quise
revolver mucho para que no se notara, simplemente me lleve su agenda. Me tomé el trabajo de llamar a cada contacto. Curiosamente,
el ochenta por ciento eran ex nazis. El cinco, había muerto en la guerra y el
quince restante, eran clientes. Le dije a uno de los ex nazis que quería
encontrarme con él, pues yo también lo era y quería recordar aquellos momentos
de esplendor donde los arios reinábamos. De allí vengo. Le dije que era
compañero suyo, detective y me preguntó rápidamente:
- ¿De Berguen-Belsen?
-Sin entender mucho respondí que sí. De inmediato, me
llenó de elogios sobre usted, me dijo que era un gran luchador por la causa y
bastantes otras cosas aún más desagradables. Por lo que, compañero, creo que
usted no solo conoció a la niña allí, sino que la dejó morir.
El detective desesperado le gritó en la cara, quiso
salir de la habitación corriendo y lo detuvieron.
-Lo último que diré. -señaló Maurice-. Aunque es
bastante obvio, creo que su hija está en Berguen-Belsen. Lo acompañaré allí con
la ficha odontológica de la niña y podremos recuperarla.
Otto, con los ojos llenos de lágrimas, abrazó a Maurice.
Miró con desprecio al detective y se retiró. Maurice, por otro lado, se retiró
sin mirarlo a los ojos.
Al día siguiente, el detective apareció muerto en su
estudio. Con un arma en la mano, una carta de despedida y con indicaciones para
buscar las cartas faltantes de la niña.
Maurice las buscó y se las dio al padre.
Meses después, encontraron el cuerpo de la niña. Otto organizó un
funeral donde leyó partes de su diario y así, pudieron despedirla como se
merecía.