Autor: Francisco Gabriel Zapiola Martín.
Participante del “Taller de Lengua, Gramática, Expresión y Creatividad”.
Cuadros
Durante los últimos años, he tenido que viajar muy
seguido a Córdoba por razones familiares. Desde Capital Federal hasta Córdoba
es un camino bastante largo, y como mi auto no es de los mejores, siempre me he
visto obligado a hacer varias paradas en el camino. Qué desgracia la mía, el
día en que se me ocurrió hacer una parada en el Motel de la Avenida. Así se
llamaba, “El Motel de la Avenida”.
Era
la última parada del viaje. Estaba lloviendo. Yo estaba cansadísimo, pues me
había levantado a las cinco de la mañana, y como si eso fuera poco, el viaje
había tomado más tiempo que lo habitual porque había habido mucho más tráfico
para llegar a la autopista. Lo cierto es que apenas había dormido, y eran más o
menos las dos de la mañana. Tenía esperanza por encontrar, de milagro,
algún pueblito que nunca antes hubiera visto. Sin embargo sabía por dentro que
no era muy posible, ya que llevaba unos 4 años con estos viajes frecuentes, y
si había algo que no me faltaba, era conocer todas las zonas que frecuentaba
durante la ida y la vuelta de mis viajes.
Grata fue mi sorpresa cuando ví algo. No era un pueblo ni mucho menos una ciudad. Era un motel. El nombre en luces de neón que había en la entrada era “El Motel de la Avenida”, algo poco creativo. Sin embargo, era ideal para mí, ya que no sólo me podía hospedar durante la noche, sino que éste motel en particular tenía una pequeña estación de servicio instalada a la derecha de la entrada, del lado de afuera de la construcción. Bueno, no era una estación de servicio, era más bien simplemente un sólo puesto para recargar la gasolina. Estacioné del otro lado de la avenida, y luego de que un auto pasara a toda velocidad, a unos centímetros nada más de atropellarme, crucé.
Grata fue mi sorpresa cuando ví algo. No era un pueblo ni mucho menos una ciudad. Era un motel. El nombre en luces de neón que había en la entrada era “El Motel de la Avenida”, algo poco creativo. Sin embargo, era ideal para mí, ya que no sólo me podía hospedar durante la noche, sino que éste motel en particular tenía una pequeña estación de servicio instalada a la derecha de la entrada, del lado de afuera de la construcción. Bueno, no era una estación de servicio, era más bien simplemente un sólo puesto para recargar la gasolina. Estacioné del otro lado de la avenida, y luego de que un auto pasara a toda velocidad, a unos centímetros nada más de atropellarme, crucé.
Antes de entrar, noté que las luces estaban
apagadas. Lo único que se podía escuchar era el sonido de la fuerte tormenta
que había afuera, mis pasos y mi propia respiración. No tardé en darme cuenta
de que o el dueño del lugar no estaba, o estaba durmiendo. Estuve unos diez
minutos sentado en la entrada esperando a que alguien llegue, sumido en una
oscuridad casi absoluta. La única luz que había era la luz de la luna que se
filtraba a través de la ventana al lado de la puerta, y ninguno de los
interruptores que había podido encontrar prendía ninguna luz. Tanteé para
encontrar un escritorio. No podía distinguir qué había, pero sí me di cuenta de
que había un timbre de plata. Lo toqué con una esperanza de que el dueño
viniera, pero sólo me desilusioné al ver que seguía tan solitario como antes.
Estaba tan cansado que me costaba mucho
esfuerzo mantener los ojos abiertos. Decidí entrar y dormir en alguna
habitación, y pagarle y explicarle todo al dueño del lugar cuando llegara, o
cuando éste lo despertara. Aunque sentía que no era una mala decisión, no
estaba muy cómodo con ella. ¿Y si el dueño me despertaba a mitad de la noche y
me daba un susto tremendo? ¿Y si el dueño resultaba ser un psicópata
sanguinario? ¿Y si el dueño me demandaba o me robaba el auto? ¿Y si el dueño...
Esa noche pensé en muchas razones para no dormir allí, la verdad es
porque el lugar me daba escalofrío. Reuní valor, y abrí la puerta que estaba
más a la derecha, que tenía un cartel arriba, del lado de la entrada, diciendo
“Habitaciones 15, 16, 17, 18, 19 y 20”. Había un pasillo. Con el primer paso,
pisé un montoncito de vidrio roto. En la pared de la izquierda había unas
cuatro puertas, y en la pared del fondo una puerta más. En la pared de la
izquierda había tres ventanas, dejando pasar la luz azul de la luna y evitando
que el pasillo quedara en oscuridad total. Había dos cuadros, uno entre cada
ventana. No les presté mucha atención de momento. Intenté abrir la primera
puerta, sólo para encontrar que estaba cerrada. Había muchísima humedad en el
aire. Yendo hacia la segunda puerta, sin querer mi mirada cayó en el primer
cuadro, entre las primeras dos ventanas. Era de un niño, pero con la cara llena
de cortes y toda raspada. Tenía un ojo totalmente destrozado, y la nariz
desfigurada. Yo sentía que me seguía con la mirada. Intenté no observarlo y no
darle mucha importancia, y seguí hasta la segunda puerta. Cerrada. Lo mismo con
la tercera. Mientras caminaba hasta la cuarta puerta, miré el otro cuadro. Esta
vez era de un adulto, pero con un ojo y la boca cocidos. También sentía que me
seguía con la mirada, con su único ojo lleno de moretones. “Debe ser nada más
mi imaginación”, me dije a mí mismo y seguí hasta la última puerta. Estaba
abierta. En la habitación sólo había una cama y un lavamanos con un espejo
arriba. Había un olor a podrido muy fuerte. Me acosté en la cama, la cual para
mi desgracia estaba fría y húmeda. A pesar de esto, luego de unos diez minutos,
me quedé dormido.
Me despertó el frío intenso de la mañana.
El cuarto seguía oscuro, pues no tenía ventanas, pero se veía la luz por debajo
de la puerta cerrada. Abrí la puerta. De todas las cosas que podría haber
visto, lo que ví tenía que ser lo peor.
A través de donde antes se podían
apreciar unos retratos de gente lastimada, ahora se veía la autopista, bien
iluminada. No eran cuadros, eran ventanas.
Autora: Natalia Saccone (Egresada del I.E.S en Lenguas
Vivas “J.R.F”).
Participante del “Taller
de Lengua, Gramática, Expresión y Creatividad”.
El Pirata
La madre revuelve cajones y estanterías, carteras y bolsillos varios en
busca de su preciado par de aros. Se empezó a desesperar hace cosa de media
hora, y ya su ritmo raya en lo frenético.
–¿Mami, me lees un cuentito? –la tierna voz del niño de tres años grita
desde su pequeña cama.
–No puedo ahora, Eze. Estoy buscando una cosa. –contesta su madre por
enésima vez en dos minutos mientras continúa con su búsqueda.
–¿Qué buscas, ma? –pregunta Ezequiel, mirando cómo la mamá va de acá
para allá, cada vez más rápido. En su mente, la mamá está jugando. Está
buscando un tesoro.
–Algo. Unos aros de monedas que eran muy viejos…
–¿Y eran monedas de oro?
La mamá para y mira a su hijo, sospechando.
–¿Los viste, Eze? No habrás estado jugando con mis aros, ¿no?
El niño frunce el ceño. Él no los tocó. Niega con la cabeza y ella
suspira...
–¿Eran como los doblones de oro de los piratas?
La madre sonríe y se sienta en la cama con él, dándose por vencida.
–Algo así.
El nene está claramente interesado en la historia. La mira expectante y
ella ríe.
–Cuenta la leyenda, que esos aros vienen de un tesoro real. Hace mucho,
mucho tiempo, en los tiempos de los piratas, existía un hombre que solía ser
honesto hasta que la codicia se apoderó de su corazón.
–¿La codi…co…dicia? –el nene pregunta sin entender–. ¿Qué es eso?
–Codicia es algo que hace que las personas más buenas quieran ganar más
y más plata, hasta que se hacen malos –intenta explicar la madre.
El nene asiente pensativo, con el ceño fruncido una vez más. La madre
sonríe y continúa.
–Bueno. Éste Capitán… –mira alrededor y ve una remera de su hijito, que
la inspira a elegir el nombre–. El Capitán Rojo, se volvió muy malo. Juntó
marineros experimentados, con los que saquearon tesoros, casas y otros buques.
Se convirtieron en piratas.
Ezequiel sonríe, divertido.
–El Capitán Rojo y su gente juntaron un tesoro enorme –continúa ella,
gesticulando–. Tenían oro, joyas, hermosas pinturas, varios instrumentos de los
Mayas…
–¿Y muffins? –pregunta el inocente niño y la madre ríe.
–¡Tenían un muffin de oro!
El nene ríe y aplaude, aunque no entiende porqué la mamá se quedó con
los aros y no con el muffin de oro.
–¿Y qué pasó con el Capitán Rojo?
–Bueno, una vez, la marina los encontró y bombardeó su barco.
Ezequiel inhala, asustado.
–Y el Capitán se llevó el único bote de emergencia con su tesoro,
dejando que sus marinos se hundieran con el barco. Era un hombre muy codicioso.
–¿Y qué pasó con el Capitán?
–Vagó por días y noches a la deriva, hambriento y asustado, hasta que
llegó a una isla. Vivió en ella por años y decidió enterrar su tesoro para que
estuviera seguro. Todas las noches de luna llena, iba al claro donde lo había
enterrado y se le aparecía su amada Isabel…
–¡Como la abu! –interrumpe el nene.
–Sí, Isabel como la abu –admite la madre–. Ella le cantaba una canción
celta hermosa, que hablaba de un amor perdido.
–¿Y qué pasó después?
–El hombre murió de vejez, llevándose consigo un corazón roto. Pero
cuentan aquellos que lo conocieron que la codicia se esfumó de su corazón al
volver a ver a su amada. Se dio cuenta de lo malo que había sido y de que su
amor por el dinero había arruinado su vida. Había dejado atrás a una hermosa
mujer y su tripulación y se había llevado a cambio cosas materiales que ya no
le servían –la madre mira a su soñoliento hijo y sonríe–. Había dejado de lado
una vida de felicidad por dinero.
Después de una pausa larga, en la que Ezequiel se duerme, ella suspira.
–Nunca cambies el amor por la plata, bebé. O vas a terminar solo.
Los aros de oro que le había regalado su esposo dos meses antes de
abandonarla brillan, cómplices, desde su mesa de luz.
Me gustó el cuento de "El pirata". Creo que sería una linda lectura para niños ya que es simpático, entretenido, deja un buen mensaje y entrecruza dos historias de una manera sencilla tal como el diálogo, por lo que se les haría fácil entenderlo. A veces al intentar relatar dos historias paralelas, o una dentro de otra, se confunden un poco los límites entre ellas y creo que fue buena la elección del diálogo para entrecruzarlas ya que, como dije anteriormente, es una manera muy sencilla de separar claramente ambas historias. También creo que no es un cuento con grandes trasfondos, sino que los mensajes están todos muy expuestos a lo largo de la lectura por lo que sería sencillo que los niños lo analicen.
ResponderEliminarEn fin, me pareció sencillo, bien escrito y entretenido. Me gustó.
Cecilia.
Por una parte, el cuento "cuadros" pertenece al género de suspenso ya que el protagonista le tiene miedo a lo desconocido.
ResponderEliminarPor otra parte, este cuento pertenece a este género pues contiene todas las características que hemos visto en películas y leído en cuentos de dicho género: un camino desierto, un hotel abandonado, la lluvia, la oscuridad, etc.
Finalmente el cuento termina con una cuota de terror que impacta y deja pensando al lector.
El cuento está muy bien escrito, logra atrapar al lector y es entretenido con un final que impacta al lector.
D.Winter
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarCreo que el cuento "El Pirata" es muy interesante ya que deja una enseñanza en el lector; que el amor no puede ser reemplazado por el capital. Se podría comparar al niño con el amante de pirata, y al tesoro con los aretes de la madre, y se podría seguir profundizando dependiendo de análisis de la obra que se quiera dar. Sin embargo, el autor sin usar demasiado recursos literarios logra crear una historia dirigida a todas las edades, pero dejando un lugar al debate dependiendo del nivel intelectual del leyente.
ResponderEliminarCreo que es una historia muy cautivadora y muy precisa en su valores, y que deja en el lector cierta incertidumbre sobre el verdadero fin del capital.
Sol.
El cuento "El Pirata", aunque posee una visión realista, no deja de lado el elemento fantástico.
ResponderEliminarPara ello presenta un cuento dentro del cuento: el relato nos refiere,a su vez, otro relato que, a partir de un motivo trivial (la pérdida de unos aros de oro) una madre narra a su hijo,antes de dormir. Esto logra atrapar al lector y despertarle el interés sobre este relato.Finalmente, creo que es fácil de comprender sin dejar de estar bien escrito, me gustó.
Lucía.
El cuento "El pirata" me gustó. Me parece interesante como pudieron mezclar dos historias con elementos de la realidad y la manera en que pudieron usar distintos objetos para poder crear un cuento de un pirata y la codicia que lo controla. Además se debe recordar que no se hayan equivocado al hacerlo. Es un cuento entretenido, breve y con mensajes a la vista.
ResponderEliminarNatalia.-